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El aprendizaje de la lectura en la escuela: discusiones y nuevas perspectivas

Por JEAN HÉBRARD

 

Conferencia dada en la Biblioteca Nacional – Sala Cortázar, de la Ciudad de Buenos Aires, en el año 2000.

 

“Las bibliotecas nacionales de todos los países son lugares particularmente emocionantes y simbólicos. Es la primera vez que visito ésta; se trata de un edificio que simboliza de una manera muy fuerte la lectura.

 

Tuve ocasión de trabajar sobre el tema de la lectura y la escuela de dos maneras: soy historiador pero también soy actor (social); tuve y sigo teniendo responsabilidades en el Ministerio de Educación de Francia. Hace unos años también trabajé en el Ministerio de la Cultura y tuve que dedicarme mucho a las políticas de lectura que llevamos a cabo en Francia. Mi posición es un poco ambigua: como historiador observo lo que hace el político y el político, a veces, le da buenos consejos al historiador. Tratando de mantener el equilibrio entre estas dos posiciones, intentaré plantear algunas preguntas sobre las relaciones entre escuela y lectura.

 

Creo que hay que partir de una idea simple: la escuela fue instrumentada para la lectura. Es una institución que comienza a existir en la antigua Grecia, dentro de la cultura occidental, en el momento en que la lectura ya no es propiedad sólo de algunos escribas profesionales sino que se concibe como algo que cada ciudadano necesita. Ustedes recordarán que en Grecia no todos los habitantes eran ciudadanos; el ciudadano era el que participaba de la vida política de la ciudad. En la antigua Grecia, hacia el siglo Vl, la idea de que pertenecer a la vida de la ciudad y ser alfabetizado no son más cosas separables es, posiblemente, una idea fuerte que crea la institución escolar. Los maestros de gramática, los maestros de letras como se los llamaba entonces, preparaban entonces al ciudadano.

 

Lo interesante es recordar, además, que en el siglo XVI, cuando se reinventa la escuela en la cultura occidental, la Iglesia decide también que para formar a un cristiano hay que alfabetizarlo. Es el momento del Concilio de Trento, que es una respuesta al desarrollo de la Reforma en Europa. Y esta institución de la palabra, la Iglesia, descubre en ese preciso momento que ya no es posible escribir el catecismo en la memoria de los niños, sino que hay que alfabetizarlos. Las primeras escuelas parroquiales van a nacer —primero en Italia del norte, luego en toda Europa, así como se desarrollan paralelamente en la Europa de la Reforma— para vincular a la formación cristiana con la alfabetización.

 

La tercera etapa de esta relación de la escuela con la lectura se juega en el siglo XIX, cuando las grandes naciones, en cierta manera, retiran a la Iglesia la responsabilidad de la escolarización para transformarla en una institución estatal; o sea, para utilizar la escolarización para formar ya no al cristiano, sino en Francia al francés y en Argentina al argentino. Ustedes saben que en este país este movimiento es particularmente importante a fines del siglo XIX y la personalidad de Sarmiento tiene un papel decisivo en todo esto. Ustedes ven que, en cierta manera, la escuela utiliza la alfabetización, la pone al servicio de sus objetivos más poderosos. Todo lo que sucede en la Argentina es muy parecido a lo que sucede en Francia. Cuando se desarrolla una educación popular abierta a toda la población y ya no limitada a ciertas élites, la escuela ha de inventar todo un material de lectura para formar a los pequeños argentinos. La literatura escolar nacional que se desarrolla en el siglo XIX presenta características muy parecidas en todos nuestros países. Resulta impresionante comprobar que es una literatura universal cuando, en realidad, es una literatura nacional, nacionalista. Al efecto, el libro símbolo de la literatura italiana, Corazón, de Edmundo D’Amici, es un libro que tiene tanto éxito en la Argentina como en Francia, cuando en realidad habla de la constitución de una nación, muy específica, que es la nación italiana.

 

La alfabetización escolar es algo muy poderoso, extremadamente poderoso, llega a círculos muy fuertes. Este vínculo de la alfabetización y la escuela va a conocer crisis terribles, que en nuestros países comienza en la misma época, en la segunda mitad del siglo XX. Es como si la escuela, en cierta manera, perdiese confianza en el poder de la alfabetización, como si descubriese que en torno a ella hay otros lectores de cultura que podrían jugar un papel igualmente importante, a veces opuesto al de la escuela.

 

En Francia hay un momento muy importante dentro del descubrimiento de la crisis de la lectura, el año 1954, el año en que todos los franceses compran aparatos de televisión para ver el coronamiento de la reina Isabel de Inglaterra. La televisión llega a los hogares franceses. Dos años más tarde, aparecen los primeros discursos sobre el fin de la cultura y el fin del poder de la escuela y el fracaso de la escuela en su trabajo de alfabetización. Hay otro fenómeno también internacional que juega en la misma dirección: el lanzamiento del primer Sputnik ruso, también al finalizar la década del ‘50.

 

Esto mueve toda la tradición occidental, que en ese momento tiene la seguridad total de que las élites se forman mediante la formación humanística, es decir, mediante la lectura asidua de las obras clásicas. Pero de pronto se descubre que un pueblo un poco bárbaro, con ideas extrañas y una formación científica muy fuerte es capaz de descubrimientos decisivos. Recuerden que los primeros programas de pedagogía compensatoria que se desarrollan, provienen de EEUU. Inmediatamente después de este hecho, con una idea muy simple, nuestros grandes sabios, a lo mejor, están dentro de ese pueblo cuya alfabetización hemos olvidado.


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