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Cómo fomentar la lecura

Leer y comprender, la tarea del país

Luis Jaime Cisneros
La República 21 21oct07
 
Entre los desiderata de todo programa de enseñanza lingüística está que el alumno aprenda a expresarse con claridad y eficacia, tanto en lo concerniente a la lengua oral como en lo relativo a la escrita. Al revisar los programas elaborados para tal fin, tropezamos en temas dedicados a la lectura y a la composición, así como con asuntos de estricta teoría gramatical. Las lecturas, de otro lado, corresponden, por lo general, a textos literarios de autores ya consagrados por la práctica escolar, erigidos como prototipos de lengua literaria. Los estudiantes reciben estos textos (y los asimilan) como modelos a los que hay que aspirar, porque el maestro no enfatiza que constituyen testimonios de la norma vigente. En ningún momento el alumno oye hablar de creatividad lingüística.
 
Para decirlo desde el principio: la realidad contrasta con tantos buenos propósitos. Los alumnos egresan de la escuela realmente impreparados, por cuanto no saben leer, ni han descubierto que el mejor ejercicio era haber dialogado sobre temas, autores y estilos que, de algún modo, comprometían su vida, su interés por la verdad o por la historia, o por el amor y la justicia.
 
Estas lecturas nunca ofrecieron ocasión que revelara preocupación por asuntos como la superpoblación, el progreso de la ciencia y la alimentación del futuro; sobre el deber y la libertad, sobre la profesión y la cultura. La democracia y el gobierno de los hombres; sobre la moral, la verdad, el respeto al prójimo.
 
Por eso es fácil que, llegado el alumno a los estudios superiores, se ve rodeado por la soledad y carcomido por el miedo interior, por la inseguridad y la niebla. En ese instante comprueba que carece de ‘entrenamiento’ en la lectura. El problema no es que ha leído más o menos de los libros que debería haber leído, ni que no ha leído los que habrían sido recomendables. Cada vez que me han consultado sobre estos casos (el alumno que no comprende lo que lee) mi respuesta ha sido (lo reconozco) dura y tajante: que aprenda a leer.
 
Aprender a leer es asumir la comprensión del texto. Un libro está cargado de sentido, y si el lector no acierta a caminar por los debidos senderos semánticos, ha perdido el tiempo y la lectura. La vida nos enseña que no faltan quienes se esfuerzan por conjeturar su presumible afición a la novela y pronuncian los seguros nombres de Gabriel García Márquez o Mario Vargas Llosa. Y será mejor que no indaguemos por pasajes específicos de Cien años de soledad ni por aquellos de La ciudad y los perros que no hayan sido recogidos por la pantalla cinematográfica. Es que la lectura se priva de poner al estudiante en situación de apreciar y juzgar los deslumbramientos a que suele convocar por sí misma. Aprender a leer es aprender a descubrir el sentido verdadero de lo que el texto dice.
 
Claro es que soy el primero en reconocer que existen escuelas donde maestros idóneos se esmeran en entrenar a los muchachos en el arte de leer. Leer es interpretar un texto. Ese entrenamiento siempre permite descubrir grupos de alumnos interesados en problemas hermenéuticos. No solamente tienen libros en la mano, sino que saben leer.
 
Y saben leer porque han aprendido a escoger las lecturas. Leer, para esos muchachos, ha dejado de ser una maquinal actividad de los ojos fisiológicos, y se reclama ahora de los ojos mentales, cuya labor estimula la imaginación, aviva la inteligencia y permite comprender. Comprender es condición indispensable para discrepar y polemizar.
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