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Campaña de Protección en el uso de Internet

Internet y las Políticas de Uso Aceptable

(Educación, Ética y Responsabilidad Profesional en la Red de Redes)
(Trabajo presentado en las Jornadas de Informática Educativa, Septiembre 29, Buenos Aires, Argentina)
Hugo M. Castellano
Maestro Normal Nacional
Docente y Coordinador de Tecnología e Informática en EGB
Webmaster de Nueva Alejandría Internet
Abstracto:
La Internet ofrece al educador y a los estudiantes un ambiente pleno de oportunidades para el aprendizaje, la investigación y el desarrollo personal y profesional, y su incidencia en los procesos pedagógicos es cada vez mayor. Al mismo tiempo, como medio de comunicación y vidriera de una innumerable serie de propuestas de la más diversa índole presenta graves problemas prácticos y no pocos riesgos en su implementación como herramienta educativa dentro del ámbito escolar. A medida que la Internet se convierte en un medio de uso cotidiano para alumnos cada vez más fluidos en su manejo son mayores las chances de confrontarse en clase con situaciones problemáticas que pueden poner a prueba muy seriamente la capacidad de reacción de los profesores y las instituciones.
En este contexto, la adopción por parte de las escuelas de una Política de Uso Aceptable para la Internet clara y precisa surge como un mecanismo necesario para definir, controlar y garantizar que la utilización de los recursos telemáticos de cada institución se ajustará a los ideales pedagógicos, delimitando la responsabilidad de cada uno de los actores en el proceso.
Las Políticas de Uso Aceptable son una declaración explícita de intenciones a través de las cuales cada escuela adhiere sólo a los usos educativos de la Red dentro de su esfera de influencia, a la vez que marcan pautas éticas y prácticas de utilización aplicables a los maestros, a los alumnos, y aún a toda la comunidad educativa. Cuáles son esas pautas, y cómo se las puede implementar en cada institución educativa, es el tema del presente artículo.

La Internet ya se ha convertido, por propio peso y por la presión social, en una herramienta educativa de innegable valor, y cada día más y más escuelas, maestros y alumnos se suman a la nutrida hueste de los cibernautas.
Está claro que cada individuo que ingresa a este mundo virtual lo hace arrastrando expectativas propias, las que de una manera u otra acaban definiendo su relación con el medio: el comerciante pretende hacer más y mejores negocios, el político mostrar su plataforma a un número creciente de votantes; el profesional busca conectarse con la información más actualizada y con colegas distantes; los jóvenes quieren conseguir amigos y eventualmente pareja; los niños tratan de averiguar cuanto pueden sobre videojuegos y artistas de la televisión, y así podríamos seguir hasta cubrir todas las tipologías imaginables. ¿Qué pretenden los maestros de la Internet? Un poco de todo. Conectarse con sus pares, obtener información pedagógica y contenido curricular, acceder a seminarios y a cursos de actualización, intercambiar experiencias, y, entre otras muchas cosas, buscan también oportunidades para que sus propios alumnos se instruyan y eduquen.
Sin embargo, la Internet dista mucho de ser el prístino espacio pedagógico que los educadores podrían desear, y, al menos en las grandes urbes de todo el país, donde comienzan a abundar los alumnos con acceso a la Red desde sus hogares, es posible ver cómo germina las semilla de un conflicto de proporciones entre la ética social y la de los ideales educativos.

Hasta no hace mucho, la ambigua y voluble ética social penetraba en la escuela de la mano de casos aislados, o impuesta por las costumbres y la cultura en un proceso visible, definido y lo suficientemente lento como para facilitar una razonable adaptación institucional. Es posible que el universo de la Pedagogía siempre haya actuado en respuesta a las necesidades y demandas de los tiempos, pero en todos los casos lo hacía tomando la iniciativa y desde su propia óptica. Montessori, Pestalozzi, Piaget, Russell y tantos otros dieron vida a nuevas técnicas y enfoques a partir de su autoridad intelectual, científica o experimental, filtrando la realidad social y sus exigencias a través de una visión pedagógica por excelencia. Hoy, en cambio, se aprecia una invasión feroz de los espacios educativos por parte de los medios de comunicación, y quienes dictan la política educativa (ya no se habla tanto de Pedagogía...), provienen de ámbitos tan diversos como la literatura comercial, la industria, la economía, la política o el show-business. Los educadores han perdido protagonismo a la hora de decidir el curso de su propia actividad profesional, y las más de las veces se encuentran actuando en reacción a hechos consumados o sintiéndose culpables por no "modernizarse" a la misma velocidad con que la sociedad dice modernizarse.

Sea por la causa que fuera, finalmente la escuela acaba reflejando a la sociedad, pero aún conserva un remedo de ética propia, un cierto código de valores, más cercano al ideal educativo que a la realidad de las calles y la televisión, que le permite ubicarse como guía y marco de referencia, sobre todo porque siendo un espacio pluralista demanda de quienes la integran una adecuación especial a los principios de convivencia y respeto mutuo, y porque en su carácter de espacio estructurado reclama una necesaria sujeción a un sistema jerárquico, a horarios y a planificaciones. En otras palabras, la escuela todavía pone el acento en lo positivo antes que en lo negativo, en el orden antes que en la anarquía: el alumno puede ser desordenado en su vida privada, pero se le exige un cierto orden dentro del colegio; puede usar un lenguaje soez en su hogar, o rendirse a los caprichos, pero la escuela le impondrá límites a su comportamiento; puede ir y venir por donde desee si sus padres lo permiten, pero no puede entrar a la escuela a la hora que le plazca ni retirarse cuando le venga en gana; puede ver, escuchar y leer todo lo que tenga a su alcance fuera del ámbito escolar, pero dentro de él hay (o debiera haber), pautas muy diferentes de acceso a la información.

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