n escalofrío baja por tu espalda cuando ves tu casa nueva.
 En realidad, de nueva no tiene nada. Cruje como si gimiese con cada soplo de
 viento. Parece que nadie ha vivido ahí en siglos.
El Sol se esconde, y la sombra de la casa se extiende por toda la calle vacía y silenciosa. Todas las ventanas y cortinas están cerradas menos una, la más pequeña y alta, que parece un ojo negro mirando a todas partes. No tiene cortina, pero tampoco la necesita.