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Columnista invitado

Vivir en las telarañas de un mundo online
 
 
09 / 2008
Por más que quiera levantarme tarde, termino despertándome antes de las ocho de la mañana. Salgo del sueño tan puntualmente, que he aprendido a prescindir del despertador desde hace años. Luego de lavarme la cara y contarme las canas que he venido estrenando últimamente, reviso mis emails. El messenger encendido me indica que uno de mis editores necesita dos artículos acerca de un nuevo túnel que –han descubierto-, pasa debajo de la frontera EE.UU. – México.

Lo anoto en mi hoja de trabajos pendientes.

El buzón de correo electrónico me trae el cuento de todos los días: ofertas de títulos universitarios en menos de un mes, laptops gratis a cambio de llenar encuestas, pastillas milagrosas que aún no necesito, que he ganado el premio de Oprah Winfrey (y que debo pagar los costos de envío para poderlo recibir), es decir. Algún amigo me saluda desde hace ocho años de recuerdos, una chica a quien no conozco me pide que acepte su invitación para agregarla a mi Hi5, y mis estados de cuenta me informan que tengo un depósito pendiente.

Abro mi cuenta de PayPal y verifico mis ingresos, saco mis cálculos, y constato abriendo mi cuenta de cheques desde la otra ventana del Explorer.
De repente, salta una ventanita del messenger, y mi editora de Inglaterra está furiosa porque el archivo adjunto que le envié está corrupto, y estamos en cierre de edición. Uso mi encanto sudamericano para calmarla un rato (está guapísima en su foto, qué puedo decir), y mientras le salgo con alguna broma en doble sentido que no llega a comprender, le reenvío el archivo con una tirada de veinte artículos por encargo.

Here you are, gorgeous, le escribo. I’d love to meet you someday, when I get to go visit Birmingham, you know... El usuario aparece como No Conectado, leo en su ventanita. Sólo me queda su sonrisa rubia en pixels. Ni modo.

Entre escribir y editar artículos, responder emails y demás gestiones, se me van de cuatro a seis horas diarias. Después, me voy a dictar clases de inglés, como una excusa para salirme de casa. Al regresar de noche, me esperan más mensajes en los que se me encomienda hacer más trabajos de redacción, me ofrecen tarjetas de crédito, dietas milagrosas, o viajes promocionales. De ahí, hasta la madrugada, alterno el chat de siempre con mis obligaciones de escritor/periodista/redactor independiente.

Aunque no siempre ha sido así.

Recuerdo haber leído en una revista acerca de ciertos trabajos que se ofrecen para hacerse por Internet. Eso fue en 2001, cuando ésa era una curiosidad de circo, y muy poca gente le tenía aún fe a hacer transacciones online. En uno de los sites, vi que habían ofertas de trabajo para escritores, en los cuales se pedía redactar contenidos de páginas web. A mí, como escritor en ciernes, me pareció revelador, pero no le di importancia.
Mi mente estaba en publicar libros, y no en redactar paginitas.

Durante los años en que me la pasé viviendo fuera de Perú, me dediqué a conseguir trabajitos tradicionales y formales. En Puerto Rico, fui vendedor, cocinero y promotor de una guía de restaurantes; en Jacksonville, Florida, estuve de teleoperador para un banco con operaciones globales.

Este último trabajo de oficina lo tenía todo: estacionamiento, una máquina de café interminable, beneficios marginales carísimos, un sueldazo, gimnasio, vista a una laguna, y la insoportable presión de estar encadenado a un escritorio recibiendo llamadas de clientes iracundos. Era una vida confortable de nueve a cinco, cinco días a la semana, donde aquella misma comodidad de estrés cotidiano terminaba deshumanizándolo a uno. Era un edificio que en sí era una colmena llenecita de cubículos. Madre Natura en su versión High Tech.

De esa vida agobiante salí prácticamente en camilla.

Para ese entonces, escribía part-time para un periódico de Seattle, y enviaba mis artículos por Internet. Recibía mis depósitos directito a mi cuenta de cheques.

El seguro del trabajo cubrió mi tiempo de convaleciente, así que sólo me dediqué ese mes a escribir, y punto. Me puse a pensar que en sí nunca llegué a conocer en persona a mi editor de allá. Nuestra comunicación estaba basada en emails, archivos adjuntos y depósitos. Ahí me di cuenta de que podía maximizar esa oportunidad, trabajar desde casita, y todos contentos.

Hice mi búsqueda, y hallé una veta inimaginable. Existían –y aún existen-, bolsas de trabajo y foros donde se ofrecen infinidad de trabajos para quienes estén dispuestos a correr con la responsabilidad de entregarlos a tiempo, y a distancia. Me enrolé en algunas agencias, pasé las pruebas, envié mis referencias, exageré mi experiencia, y me aceptaron. Ingresé –oficialmente-, en la cancha de juego de los freelancers. Aprendí, con el tiempo, a cuidarme de estafadores que nunca pagan, a pedir siempre un contrato escaneado, a verificar referencias, y demás etcéteras.

La ventaja residía en que podía hacer mis horarios como quisiera y trabajar cuando me diera la gana. Eso sí, las fechas de entrega eran inviolables, y ahí radica la disciplina de cumplirlas como dios manda. Atrasarse era sinónimo de que ya no me darían más trabajos. Estaba bien avisado.

Durante esos días de independencia horaria, me fui a vagar un rato por unas tiendas, y encontré una camarita digital con pretensiones semi-profesionales. Sus tres megapixels eran más que suficientes, y su diseño prometía la ilusión de poderle acoplar más lentes, teleobjetivos, y toda esa parafernalia de los paparazzis. Me la compré, y me inicié en el delicioso hobby de fotógrafo aficionado.

Al terminar el mes de descanso médico, me regresé a Puerto Rico, y le dije adiós a toda esa vida deshumanizante del mundo corporativo. En la isla me dediqué a colaborar con agencias de redacción y publicaciones diversas, todo por Internet.

Por cosas del albur, descubrí servicios de stock photography, a los cuales se pueden enviar fotos individuales, o en paquetes, online. Si un comprador está interesado, va y compra, y el fotógrafo recibe sus regalías. En ese tiempo, el límite mínimo de resolución para las fotografías era de tres megapixels, así que hice mi agostito tomando lo que apareciera frente a mi lente, y subiendo archivos.

Luego, las agencias subieron su límite, y me quedé sin negocio.

Pero, aún quedaban los artículos.

En mi morral cargaba mi laptop, mi cámara, y mi pasaporte. Eso era todo lo que necesitaba.

En esos días descubrí la conectividad wireless, y me convertí en algo así como un mercenario virtualizado. Me conseguí un dispositivo USB que servía como antenita para atrapar la señal de Internet, y me compré un cable de un poco más de dos metros. Me iba a los Starbucks, me pedía una taza de té, y me quedaba horas enviando y recibiendo archivos, subiendo fotos, revisando clips de prensa, es decir.

Cuando no encontraba un negocio con wireless, lanzaba el cable por encima de algún muro, y robaba señal de alguna oficina.

Era común verme sentado en el suelo, escribiendo furiosamente en mi laptop, con la cámara al cuello, un cigarrillo en los labios, y la premura de entregar trabajos a último minuto. También era frecuente el pasarme horas sentado en la barra de algún Chili’s, tomando cervezas y comiendo piqueos, como una manera de pagar el Internet inalámbrico que me conectaba con mis editores y mis asignaciones.

Ahora que vivo en Lima, el trabajo nunca me falta. Escribo en inglés y en español para diversas agencias de redacción. A veces vendo mis paquetes fotográficos, cuando me acuerdo. Envío mis artículos por Internet, me pagan por depósito a mi intermediario llamado PayPal, de ahí transfiero mis fondos a una cuenta de cheques. Cada quincena voy a mi cajero automático favorito, y retiro mi dinerito en dólares.

No puedo quejarme.

Una cosa que descubrí es que hay cientos, sino miles, de oportunidades laborales a distancia. Las hay para cada especialidad, para cada rubro. Es impresionante. Ya no se necesita “ir” a un centro de trabajo. La oficina termina siendo la computadora.

Lo importante es saber si a asignación que nos ofrecen se ajusta a nuestras capacidades, si el monto a pagar es el apropiado para nuestra realidad, y con qué productos financieros contamos. Algunas compañías envían cheques, otras hacen depósito directo, y la gran mayoría usa PayPal.

Cada vez que se me pregunta en qué trabajo, no me lo pueden creer. Aparentemente, aún estamos acostumbrados a pensar en un empleo al cual se tiene que ir físicamente, marcar tarjeta, rendirle cuentas a un jefe, y esconderse debajo de un escritorio.

Como profesor de inglés, siempre me encuentro con alumnos que jamás habían escuchado de estas posibilidades, y se quedan con los ojos abiertos de la curiosidad de saber más.

Ahí les explico de las interminables posibilidades de ingresos que ofrece la red. ¡Hay quienes se ganan la vida poniendo avisos pre-contratados por Google, o Yahoo!, los cuales pagan por cada click que hace el visitante al anuncio. Si se tienen mil clicks por mes, eso se transforma en un monto de acuerdo al porcentaje acordado por contrato. La cantidad varía, y es un gran incentivo para impulsar la creatividad.

Conozco casos en que gente hace páginas de videos curiosos que generan cientos de miles de visitas mensuales. Ellos ya no necesitan trabajar fisicamente. Tan sólo se toman dos horas diarias para verificar sus estados de cuenta y demás detalles informáticos, y se acabó.

Hay editoriales en las que se pueden publicar libros, y estos se imprimen en el instante que el visitante hace la compra desde la página web. Se llama Print-On-Demand, y es lo último en la revolución editorial. No hay que invertir en grandes cantidades de ejemplares, y la calidad es sumamente competitiva. Con cada venta, un porcentaje va como regalías para el autor, y éstas se depositan directo a la cuenta, o llega por medio de cheque.

En esta época de grandes cambios y avances, es impresionante ver la cantidad de maneras en las que cualquier individuo puede ganarse la vida sin necesidad de estar encadenado a un empleo fijo. Aunque, valgan verdades, el grillete sigue ahí, en forma de computadora portátil.

Aún así puedo pasarme horas y horas perdiendo el tiempo en una exposición, paseando por Miraflores, o tomándome un café con una entrañable compañía.

Por más que quiera levantarme temprano, tengo la libertad de hacerlo tan tarde como quiera. Gracias a mi independencia de grillete electrónico, no puedo quejarme si lo hago en Lima, en Montevideo, o en Guanajuato. Lo importante es que le puedo sacar partido a la tecnología sin que ésta comprometa mi vida.

Mientras tenga un cajero automático cerca, vivo con esa tranquilidad.


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