| El teléfono mudo |
| |
| |
| 09 / 2008 |
Una mamá de adolescente afirma tajantemente: “¡Ya no suena el teléfono!”. Se puede notar una cierta nostalgia en el tono de su voz. “Hace no demasiado tiempo, el ruido anunciaba una invasión, nos ponía en alerta sobre el inicio de una conversación que tendía a alargarse indefinidamente, que fuera amigo o enamorado”, dice, “y uno comenzaba las acciones de control, las señales de enfado, las quejas sobre la falta de consideración, las advertencias acerca de que quizá alguien estaba en ese momento intentando desesperadamente comunicarse con nosotros para alguna emergencia o un asunto verdaderamente importante”, termina.
Hoy en día las comunicaciones entre nuestros hijos y los otros, los que están fuera de los límites del hogar, pasan por debajo de nuestro radar. Hay toda una vida relacional que no demanda desplazamientos, ni un lugar desde el que se llevan a cabo. La intrascendencia del teléfono fijo, la existencia de los celulares al alcance de cualquiera, las cabinas públicas de Internet y la computadora conectada a la gran red de redes, complotan contra nuestro control y la capacidad de establecer horarios, duraciones, turnos, destinatarios.
En un rincón de algún lugar del hogar, sin hacer demasiado ruido, con la mirada clavada en la pantalla, nuestros hijos están compartiendo de todo con muchos. De manera casi simultánea, chismean, complotan, intrigan, se alían, investigan, intercambian información académica, flirtean, descubren, conocen nuevos amigos, se pelean con antiguos, todo ello sin dejar la silla en la que están sentados.
¿Recuerdan cuando había que salir de casa para socializar? Pasar del mundo privado de la casa hacia el mundo público que está fuera de ella, era un asunto pautado, regulado, susceptible de ser vigilado y sometido a normas impuestas o negociadas. Se trataba de movimientos que requerían una logística, no solamente permisos. La racionalización de una serie de recursos y una serie de deseos de cada uno de los miembros de la familia. ¿Puedo salir, tengo cómo desplazarme, necesito esperar que otro lo haga y regrese primero?
Eso se acabó. Y con ello una parcela de poder, una cuota de control por parte de los adultos sobre los menores. Burlar una puerta cerrada o un teléfono con candado, requiere de mucho más osadía y disposición a la confrontación, que usar Internet o un celular. Además, se trata de barreras que los mayores conocían y dominaban. No es el caso con las nuevas tecnologías, extrañas a muchos de los padres de hoy y perfectamente conocidas por niños relativamente pequeños.
|
|
|
Volver |
|
 |
|