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Evaluando una lectura que ya no existe
 
 
09 / 2008
Una pregunta tonta: ¿por qué evaluamos lo que evaluamos cuando evaluamos a nuestros alumnos? En otras palabras, detrás de toda evaluación hay una teoría sobre aquellas habilidades que suponemos deseables y cruciales para predecir o estimar el desempeño de personas en un contexto determinado. La idea, claro, no es nueva, ni mucho menos. Hubo una época en la que la ortodoxia del bienpensante inclinaba a criticar todo instrumento de medida en la medida que privilegiaba las competencias y los saberes de la clase dominante.
¿Por qué, nos preguntábamos, el CI producido por las preguntas y problemas que encontramos en los tests que miden el CI, serviría para clasificar o, peor, jerarquizar a individuos que se desenvuelven en medios sociales muy distintos? ¿por qué no someter al niño privilegiado que tiene en el menú de su futuro la universidad tal o la universidad cual, a una tarea como encontrar su camino en un barrio cuyas calles, si existen, no tienen nombre; o pedirle que se las ingenie para prender un fuego y luego cocinar lo que haya encontrado por ahí?
Y si se trata de culturas distintas, ni hablar. ¿Qué tal someter a un occidental al seguimiento de las huellas de una manada de antílopes o la lectura de los cielos, para saber si es o no “inteligente”?
Podemos llevar el asunto a diferencias, no ya de clase o de cultura, sino a los abismos generacionales que nos separan.
Nunca nadie pensó que la habilidad saltarina en “mundo”, la capacidad de recordar las figuritas que faltan para llenar un álbum o la aptitud para lograr salvarse en el juego de las escondidas, fueran exigibles para ingresar en la universidad o ser aceptado en un trabajo.
Lo que pasa es que ninguna de esas actividades se parecían mucho a lo que hacemos en la educación superior o en el mundo laboral. Pero las cosas han cambiado. Resulta que pasar los niveles en WII, asumir roles en Sim o en Second Life, sí tienen que ver, y mucho, con las formas en que se hace negocios –en el sentido más amplio de la palabra- en la vida real, de todos los días o, por lo menos, lo que va a ser la vida cotidiana en los próximos años.
¿Acaso hacer una operación de cirugía laparoscópica, un barrido rápido de las cotizaciones de la bolsa de valores para tomar decisiones sobre la manera de manejar nuestra cartera de inversiones, revisar los indicadores en un panel que refleja la actividad de una línea de producción o anticipar la disposición espacial en un espacio de vivienda, no están profundamente relacionados con lo que hacemos cuando jugamos cualquiera de los juegos virtuales en los que se involucran intensamente nuestros niños y jóvenes?
Volvamos a las evaluaciones. ¿Qué pasaría si los famosos exámenes que enfrentan los alumnos de todo el mundo para saber en qué lugar del ranking universal se encuentra en la alfabetización numérica y verbal, también midieran la velocidad que toma encontrar un dato en Internet, la habilidad de encarnar un personaje virtual, la aptitud para transmitir velozmente una conjunto de informaciones pulsando teclas en un teléfono celular? Con toda probabilidad, los resultados cambiarían de manera radical e inesperada.
Claro, leer como se leía El Quijote, significa seguir una línea, proceder por capítulos, ir avanzando de un inicio hacia el final. Internet, por el contrario, es básicamente saltarina, poco comprometida, dispersa, lo contrario del lector que tenemos tan arraigado en nuestra mente tributaria de Guttemberg y el ideal de cultura que nos impuso la ilustración y la revolución industrial.
Y sin embargo, seguimos evaluando como si lo anterior no hubiera cambiado. Es posible que la lectura victoriana esté de salida, pero las voces que alertan sobre la desaparición de la lectura a secas no parecen sintonizadas con lo que está ocurriendo y sí, más bien, expresar una nostalgia que no por ser entendible tendrá mayores efectos.
Lo más probable es que debamos introducir modificaciones en las maneras en que entendemos los textos y el acto de entrar en contacto con ellos y sacarles experiencias y conocimientos,, también, de producirlos. Pero también habrá que cambiar las evaluaciones que nos permiten decidir si los chicos entienden o no.

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