| El incidente curioso |
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| 05 / 2008 |
Siete minutos después de la media noche, Christopher Boone descubre en el jardín de su vecina a Wellington, un poodle negro, muerto, atravesado por un trinche de jardinero. Entonces, el adolescente, de quince años, tres meses y dos días, decide escribir una novela de misterio, al mismo tiempo que trata de desentrañar las motivaciones y la identidad del asesino.
Christopher no es un jovencito cualquiera. Tiene una forma de autismo llamado síndrome de Asperger. En éste, ciertas áreas están inusualmente desarrolladas. Él, como lo dice cuando se presenta, sabe el nombre de todos los países del mundo con sus respectivas capitales y todos los números primos hasta el 7,507. Entre otras cosas. Porque tiene gran capacidad matemática y un poder de análisis lógico extraordinario.
El autor de la novela es Mark Haddon, un escritor de libros para niños que vive en Oxford. Los capítulos no están numerados de manera convencional, siguiendo la serie de números enteros positivos, sino la de números primos. Una hermosa metáfora de la vida, a la vez extraña e imprevisible, pero, al mismo tiempo, sometida a leyes.
Objetividad le sobra al protagonista del libro, narrado en primera persona, y un ensayo exitoso de describir el mundo desde el punto de vista de un autista, que trata de solucionar un misterio, al mismo tiempo que debe lidiar con un enigma casi imposible para él: la mente de los demás, las emociones y las convenciones sociales, que regulan la vida cotidiana y que para nosotros son evidentes.
Hay que imaginarse al comandante de un avión especialmente sofisticado, que no tiene el beneficio del piloto automático y que debe conducirlo, al mismo tiempo que juega un partido de ajedrez.
Christopher vive con su padre, un técnico en calefacción, que lo cuida con enorme compromiso, cuando el chico no está en una escuela especial donde aprende una hoja de ruta, por lo menos algunas referencias, en el recargado mundo de los comunes mortales, que cuando vemos un paisaje bucólico, no recordamos todos los matices del verde, el número de animales que están pastando, y que si nos piden que dibujemos una vaca, no respondemos: ¿cuál de ellas?
Christopher no soporta que lo toquen, no puede estar en sitios donde hay muchas personas, sueña con ser astronauta porque, de esa manera, estaría lejos de la gente, conectado con ella a discreción, pero sin tener que soportar interacciones físicas y poder pensar en problemas matemáticos. Además, Christopher nunca miente.
Su madre estuvo en una clínica durante un tiempo largo y, más adelante, dos años antes del inicio de la novela, falleció de un ataque cardíaco. Christopher no la extraña, porque no tiene sentido pensar en gente que ya no existe y prefiere ocuparse de Tobi, su rata.
Christopher va encontrando pistas, respuestas, sorpresas – sobre el asesinato, pero también su propia vida-, aventuras, al mismo tiempo que, con su lenguaje desprovisto de emociones y espectacularmente objetivo, nos hace descubrir a nosotros, a través de su ceguera a otras mentes – es lo que, en definitiva, define el autismo-, algunos de los enigmas más profundos de nuestra propia mente.
El poder de las metáforas, la fuerza de los chistes, la utilidad de los rituales y convenciones, van emergiendo a lo largo de la novela, junto con algunas de las características de Christopher que les dan más fuerza y los hacen tan maravillosos y misteriosos como la naturaleza del universo, que a ese chico – que no come nada si los alimentos distintos que están en un plato se tocan, no soporta lo amarillo o marrón y cuando se siente confundido eleva números a la segunda potencia hasta magnitudes astronómicas-, le es más fácil entender que una simple sonrisa, o una trivial pregunta del estilo ¿cómo estás?
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