Cuando Roberto Lerner me preguntó si había una maestro que había dejado huella en mi vida escolar, le contesté rápidamente que sí. Cuando me dijo que quería una columna sobre ese maestro y esa huella – creo que usó esas palabras por el concurso que hace Interbank- respiré aliviada. No es una tarea difícil y las palabras fluyen hacia la pantalla con mucha rapidez, como mosquitas que encuentran fácilmente su lugar.
Lo que pasa es que vienen de un lugar con linderos precisos, pero de donde irradia una mezcla de calorcito y convicción que nunca me dejan realmente, que siempre me acompañan y que yo siento como parte del haber en una cuenta corriente de autoestima contra la cual puedo seguir girando hasta ahora, muchos años después, en momento difíciles o cuando a mí me toca, como psicóloga, ayudar a otras personas.
Porque el profesor Caballero fue uno de los más importantes depositantes en esa cuenta corriente que se va haciendo desde que nacemos y nos permite resistir tiempos de turbulencia o de felicidad, a lo largo de nuestras vidas.
Bajito, rechoncho – nos burlábamos poniendo una silla frente a la pizarra como para que pudiera pararse sobre ella y escribir con más comodidad-, sonriente y ordenado, ponía la fecha en una esquina de la pizarra, daba media vuelta y comenzaba con una pregunta.
¿Por qué cuando queremos decir que alguien es muy especial para nosotros, usamos la expresión “es la niña de mis ojos”? ¡Plop! ¿Por qué la primera relación entre hermanos terminó en asesinato – se refería, obviamente a Caín y Abel- no es que los hermanos se quieren tanto? ¡Replop! O, pregunta de examen, sí una vez fue la última pregunta en uno de sus exámenes, ¿Por qué?, así, a secas. ¡Recontrareplop!
“Profesor Caballero, ¿cómo que ¿por qué? ¿Por qué qué?” Silencio y una mirada cachacienta, un brillo juguetón en los ojos. “Chicos es una clase de filosofía y la filosofía comenzó cuando alguien preguntó ¿por qué?”. No puedo olvidar el impacto que nos causó esa pregunta y, sobre todo, el choque cuando nos enteramos que las dos chicas que obtuvieron el puntaje más alto en esa pregunta fueron una que contesto “¿y por qué no?”, y otra que contestó “porque sí”.
Era un premio al coraje – no es fácil aun si parece ocurrente dar esa respuesta, tan corta y tan cachacienta en un examen-, a la originalidad y a la capacidad de seguir un juego en lo que es la verdadera naturaleza de la educación.
Generalmente nos imaginamos a los profesores preguntando para que sus alumnos respondan o a los alumnos preguntando para que los profesores respondan. En ambos casos es el reconocimiento de una relación asimétrica, donde el poder está en un lado, en el lado del saber.
Pero el profesor Caballero nos enseño que la educación es un juego de preguntas, preguntas juguetonas, preguntas ocurrentes, preguntas sin respuesta en algunos, muchos, casos, preguntas que perturban, preguntas que remecen, preguntas que sostienen. Y mientras otros profesores nos enseñaban respuestas, el profesor Caballero dejó en nosotros una huella que me sigue ayudando: nos enseño a preguntar.
|