| El pensamiento cascada |
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| 03 / 2008 |
¿Por qué las dietas supuestamente adecuadas cambian tan frecuentemente? ¿Por qué en el campo de la nutrición tenemos cada cierto tiempo un nuevo villano en la lista de los más tóxicos y un inesperado benefactor de nuestra salud? ¿Por qué cada dos meses se impone un nuevo régimen de alimentación que conduce inevitablemente a las medidas y pesos ideales con poco sufrimiento y menos sacrificio?
Cuando algo así ocurre, lo más probable es que nadie sabe verdaderamente algo que pueda llamarse científico. Alguna vez, el legendario Cornelius Everett Koop, el sumo pontífice de la salud en los Estados Unidos entre 1982 y 1989, señaló que lo que los americanos comían generaba un problema comparable al del tabaco, afirmando que “ la profundidad de la ciencia que subyace lo anterior es mayor que había en 1964 con respecto del tabaco”.
No obstante la estatura del Dr. Koop – ciertamente el más conspicuo y visible de los Cirujanos Generales- lo dicho por él es una enorme tontería. No existen datos sólidos que relacionen ingesta de grasas con enfermedades, como tampoco existen evidencias contundentes de un vínculo entre carbohidratos y dolencias. Y si existen correlaciones son modestas y sujetas a innumerables atingencias en su interpretación.
Lo que ocurre es un fenómeno cognoscitivo llamado cascada: cuando alguien muy importante, respetado en su campo de conocimiento, considerada por la comunidad en general, plantea un hecho o, mejor dicho, una teoría que da sentido a un conjunto de hechos, pocos se atreven a discutirlo y otros especialistas, el público en general, repiten la teoría hasta que se convierte en un saber convencional. Que hay una epidemia de tal cosa, que la frecuencia de tal dolencia está creciendo enormemente, que tal medicación tiene un efecto imbatible, que tal comida cura, que tal otra mata, etc.
Incluso cuando un porcentaje importante de un grupo tiene información correcta, digamos el 60% y el resto tiene datos inadecuados, sigue habiendo una probabilidad alta de que el efecto cascada se dé, sobre todo si los segundos toman la iniciativa y se pronuncian con suficiente asertividad. Buena parte de los remedios caseros – no todos, pero sí muchos-, de las curas milagrosas y de las modas nutricionales siguen el patrón mencionado líneas arriba.
Ocurre también con los diagnósticos médicos. Muchas de las quejas de antaño hoy día son etiquetados con el nombre depresión y reciben como remedio antidepresivos. Igual ocurre, probablemente, con el Síndrome de Déficit Atencional y otros términos que parecen ponerse de moda hasta que son desplazados por otras cascadas.
En el campo nutricional hay un terreno fértil para cascadas frecuentes, especialmente cuando el público está descontento con su apariencia y desea una salida fácil, que no suponga sufrimiento, no exija demasiado sacrificio y que rinda resultados fácilmente.
Nada de carne o todo de carne, nada de grasa o todo de grasa, nada de fruta o todo de fruta, las dietas unidimensionales, que excluyen por lo general algún ingrediente tradicional en nombre de nuestro pasado como especie, hacen la fortuna de algunos nutricionistas con espíritu marketero y proporcionan un alivio momentáneo a los que luchan contra su cuerpo y se agarran de cualquier teoría para darle otra forma o asegurar que va a durar y durar y durar a pesar de los años.
Una nutrición inteligente debe tomar en cuenta estudios longitudinales serios, pero, sobre todo, un sentido común que haga de la alimentación un acto social, un ritual en el que se comparte con otros y en el que se recurre a todos los alimentos con moderación. El pensamiento cascada puede ser muy peligroso o, en el mejor de los casos, intrasecendente.
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