| El fracaso del poder |
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| 03 / 2008 |
Un fantasma recorre los colegios de Lima. Pido disculpas por el lenguaje marxista, pero en realidad, se trata de un conjunto de fenómenos que se están despuntando en todos los espacios en los que coinciden menores y adultos, y que involucran jerarquías, autoridad, control.
Las relaciones entre las personas que están en distintas fases del ciclo vital nunca fueron ni serán fáciles. Desde los primeros capítulos de la Biblia hebrea hasta hoy, siempre hubo tensión entre los actores de la cadena que pasa la antorcha de la humanidad de una generación a otra.
¿Qué hace diferente esta época de las demás?
Los mecanismos de control y ejercicio de la autoridad por parte de los mayores han perdido eficacia y los menores son absolutamente conscientes de ello. El poder relativo se balancea de una edad a otra y, a partir de la pubertad, parece compartido, cuando no claramente situado del lado de los más jóvenes.
Éstos tienen capacidad de desplazamiento, habilidad para organizarse, iniciativa de consumo y, en muchísimos casos, de producción. Poseen instrumentos de comunicación e interconectividad poderosísimos – celulares e Internet- que les permiten coordinaciones finas, rápidas y, si es necesario, opacas a miradas indeseadas.
Pero, sobre todo, tienen el poder del saber y el control sobre las fuentes de información relevantes para los fines que buscan. Mientras padres y profesores balbucean el lenguaje digital que lo domina todo, los chicos lo hablan fluidamente, como una lengua materna, con su jerga, sus trucos y el enorme potencial que entraña justamente para la vida activa y productiva que los mayores supuestamente les quieren enseñar dentro de la familia y las instituciones educativas.
Entonces, algunas veces, todavía no en todos lados ni en todas las ocasiones, los que ingresan en la adolescencia se dan cuenta de esos nuevos desbalances, en un momento de la vida en que el poder – para los chicos, pero también para esos padres que bordean la mitad de la vida- es un asunto muy importante. Y se enfrentan, abierta y frescamente, a reglas y controles que no logran su propósito y es fácil burlar.
Dos peligros: el recurso, todavía posible para los adultos, al poder absoluto y ejercido a la mala; y la abdicación de las funciones de enseñanza y transmisión de valores que son imprescindibles en toda sociedad civilizada. Ninguno de esos dos caminos es viable.
Pero se requiere mucha tolerancia, creatividad y capacidad de negociación, para entender y resolver el reto de cuotas de poder cambiantes entre las generaciones. Sólo alianzas flexibles y firmes serán capaces de ir progresando en esta fase de transición difícil y extraña.
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