Niñas y niños. Hombres y mujeres
Hace unos años, mientras realizaba mis practicas pre profesionales en psicología, tuve la oportunidad de ingresar como observador en un centro educativo preescolar. La experiencia me resultò extremadamente gratificante, me permitió acercarme a un momento del desarrollo humano lleno de alegría, frescura y, principalmente, capacidad de disfrutar la experiencia educativa.
Esta pequeña incursión en el mundo de los nidos me permitió, también, observar un detalle interesante: la notable ausencia de adultos hombres. Salvo la presencia del “guachimán” y de los 4 practicantes hombres que tuvimos la oportunidad de participar como observadores, la presencia masculina adulta profesional era nula.
Esta experiencia dejó en mí un deseo de trabajar en un centro educativo preescolar, y, al terminar mis estudios, busqué oportunidades en nidos. Pero los resultados me convencieron de que salvo un eventual profesor de karate o música, los varones adultos no tenemos cabida. Seguramente habrá alguna excepción que confirma la regla, pero no la conozco.
¿Cuáles son las razones de esta situación? Seguramente se puede plantear muchas teorías. Que los estereotipos, que las habilidades diferenciales, que el machismo de nuestra sociedad. El asunto da para largas reflexiones, pero me gustaría concentrarme en lo que sentí cuando estuve en un entorno tan absolutamente desprovisto de hombres.
Nuestra mera presencia en el patio común generaba miradas de sorpresa tanto en los niños como en los padres. Luego del pasmo inicial, generado probablemente por ser desconocidos, los padres mantenían esa mezcla de sorpresa y recelo. Se podía percibir cierto nivel de sospecha, temor, hasta confusión, casi un “¿y estos que hacen aquí?”.
Recuerdo con bastante gusto el hecho de que en un paseo al que tuvimos la oportunidad de asistir y compartir con niños y madres, las segundas parecían sorprendidas, extrañadas, de que hombres fuéramos capaces de estar con sus hijos e hijas, jugar con ellos, cuidarlos y entenderlos al igual que las mujeres que estaban a cargo de ellos día tras día.
Por otro lado, estaban las mismas profesionales del nido. La profesora y auxiliar con las que trabajé durante esos días fueron muy acogedoras con respecto a mi presencia. Ellas nuevamente se mostraron entusiasmadas y sorprendidas de tener entre ellas a un hombre que se pudiera relacionar bien con sus alumnos. Muchas veces conversamos acerca de cómo la figura masculina está ausente en ese mundo, salvo uno que otro papá que dejaba a su hijo en el nido camino al trabajo. Muchos de ellos ni siquiera entraban al nido, simplemente los dejaban en la puerta y se iban. Nunca sabré si era por la premura de llegar a sus centros laborales o porque quizás se podían sentir como Adán en el día de la madre.
Por último, y más importante, estaban los niños: luego de la sorpresa inicial fueron los entusiastas en interactuar con nosotros. Se encontraron, pues, con un otro adulto y además hombre, que estaba disponible para ellos. No sólo estábamos presentes, sino que nos presentábamos como atentos a sus gestos, juegos y expresiones. Era, pues, un momento de encuentro.
Un otro diferente, un hombre en este mundo de mujeres grandes, buenas y gentiles, llamadas miss fulanita o miss sutanita. Esto generaba una respuesta distinta de parte de los niños y niñas, una demanda diferente a la que se recibían sus cuidadoras femeninas. Cubríamos quizás una necesidad distinta, ni más ni menos importante, pero diferente al fin. Una necesidad que no estaba cubierta oficialmente por nadie.
Al final de esos momentos en el nido, guarde en mí ser una experiencia muy enriquecedora, interesante, llena de retos, alegrías y mucho aprendizaje. No tengo duda de que la presencia masculina en un nido, no es tan solo una buena opción, sino una necesidad.
La sociedad esta conformada por hombres y por mujeres, los padres de los niños son en su mayoría hombres y mujeres. Y hay tanto hombres como mujeres profesionales capacitados para trabajar con niños y niñas desde las mas tempranas edades.
Hace falta que esos profesionales tengan un lugar para desarrollar su labor, más allá de una visita ocasional o la participación en un experimento universitario. No, como personas que están presentes en el día a día del crecimiento. De la misma manera que se le reclama al papá de un niño que este presente para él.
¿Qué mensaje le damos a este padre que se le reclama que esté con su hijo, si en el lugar donde su hijo está en las mejores manos no hay cabida para un hombre? ¿Qué mensaje transmitimos a los niños?
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