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Editorial

Las catástrofes y nuestras relaciones con los menores
 
 
11 / 2007
Catástrofes

Es inevitable que nos ocupemos de un tema como las catástrofes luego de la que sobrevino en el Perú el 15 de septiembre pasado. Golpeó a todos, a unos más que a otros. El sur chico del país país quedó devastado. Entre la presencia activa del Estado, la solidaridad nacional desacostumbrada, las ineficiencias, los reclamos, debemos separar la paja del trigo, pero, sobre todo, reflexionar para incorporar la posibilidad del desastre en nuestros esquemas de relación con niños y adolescentes, hijos y alumnos.

A lo largo de la vida enfrentamos el riesgo de ser víctimas un hecho inesperado, causado, ya sea por las fuerzas de la naturaleza o por fallas de las máquinas inventadas por los seres humanos. Todos dejan rezagos en nuestra forma de ver la vida y a nosotros mismos e, independientemente de si ocasionan pérdidas materiales o personales, causan un desequilibrio emocional que debe ser entendido y trabajado en familia para evitar problemas posteriores.

Los avances que la humanidad ha logrado en los campos de la ciencia y la tecnología nos provocan la sensación de ser todopoderosos, pero de tiempo en tiempo la naturaleza se encarga de recordarnos nuestra pequeñez y vulnerabilidad. Lo poco que podemos oponer a tales embates es la organización de las acciones que deberíamos tomar durante y después de los eventos. Para que tal medida tenga resultados positivos resulta fundamental la participación de todos, incluso de los niños, pues, más allá de su contribución práctica, las actividades que realicen les servirán para recuperar el balance emocional que estas vivencias generalmente arrebatan.

La historia de la civilización es la del manejo cada vez mayor de las fuerzas de la naturaleza por parte del hombre. Para lograrlo, los seres humanos han debido incrementar las pocas energías que tienen en brazos y piernas valiéndose de máquinas, armas y herramientas que ellos mismos han ido creando. Así pues, la comprensión y el control del entorno y sus dinámicas se han ido haciendo cada vez más profundos.

Agua, fuego, electricidad y átomo obran hoy en favor de la humanidad y nos permiten cambiar paisajes, doblegar procesos, alterar ritmos e imitar fenómenos ante los que hace tan sólo algunos siglos nuestros congéneres caían de rodillas, creyendo ser testigos de hechos divinos. Asimismo, hemos logrado protegernos de inclemencias, intemperies, extremos térmicos y presiones, así como de los enemigos de nuestros propios organismos y de sus eventuales desperfectos.

Pero aún así, de tiempo en tiempo, nuestros cuerpos son arrastrados por vientos huracanados, consumidos por el fuego, sepultados por aludes o avalanchas, vencidos por olas grandes o mareas enfurecidas o aplastados durante violentos terremotos. Incluso nuestra osadía al hacer uso de medios para los que no fuimos diseñados, nos puede convertir en víctimas de aviones que caen, barcos que se hunden, edificios que se desploman, automóviles que chocan o trenes que se descarrilan.

Todos seguimos siendo, pues, víctimas potenciales de algún imprevisto en mayor o menor escala. Cualquiera de nosotros puede perder a un ser querido o a un conocido en una catástrofe más o menos cercana. Y casa uno puede sobrevivir también a una de esas circunstancias que tienen la facultad de mostrarnos hasta qué punto la seguridad de nuestras ordenadas vidas es ilusoria.

La psicología de las catástrofes tiene, desgraciadamente, mucho material sobre el cual desarrollarse y, de hecho, se han escrito sobre ella miles de libros y reportes de investigación. Los sobrevivientes pasan por etapas que van de la negación a la desorientación, la pérdida de contacto con la realidad, la rabia, la desesperación y la resignación. Es importante saber que esos sentimientos son inevitables y que sobrevienen los unos a los otros en un proceso normal que puede no requerir de ninguna ayuda profesional para que termine en un sentimiento de continuidad entre el antes y el después del momento traumático. Cuando las manifestaciones son muy intensas o muy largas de manera que la persona no puede retomar el hilo de su vida, la intervención técnica puede ser necesaria para enfrentar esas reacciones poniéndolas en su contexto y ofreciendo alternativas concretas para que los involucrados vayan asumiendo objetivos modestos pero mensurables que les permitan retomar el hilo de sus vidas.

Hay que señalar que muchos desastres son percibidos como eventos incontrolables y por esa razón la gente no se prepara para ellos. Sin embargo, hay cosas que sí podemos controlar y conocerlas es parte de lo que debemos trabajar con niños y adolescentes. Esto es especialmente importante cuando se toma en cuenta que, por definición, los niños son seres que en los hechos ejercen poco control sobre lo que les ocurre en sus vidas. Por ello son una población especialmente en riesgo cuando ocurren desastres.

Son felizmente pocas las personas que experimentan directamente un desastre. Sin embargo, en la fantasía de todos los seres humanos se produce la pregunta de cómo reaccionaríamos en caso de ser víctimas de uno. Los medios de comunicación inducen, además, a una suerte de experiencia vicariante de desastres ocurridos en otros lugares. Son justamente las catástrofes, los accidentes y otros eventos de esa naturaleza los que se muestra con mayor frecuencia en los medios de comunicación. En todo caso, cuando las personas se preguntan acerca de cómo reaccionarían, están confrontando temores y preparándose para cualquier eventualidad. Para poder hacerlo con eficacia hay que despejar incógnitas y destruir prejuicios.

Los medios muchas veces enfatizan cierto tipo de reacción que supuestamente es el más común aunque ello no sea correcto. Además de las distorsiones mediáticas, existen aquellas que se derivan de la manera en que los seres humanos concebimos toda situación extrema. Por un lado, tendemos a minimizar esos eventos para que no sean tan atemorizantes, pero con ello terminamos por no reconocer problemas y necesidades reales. Por el otro lado, muchas veces se sobredimensiona el posible hecho traumático y se transmite el mensaje de que no podemos hacer absolutamente nada frente a los desastres, pero con esa actitud desconocemos la fortaleza y resiliencia propia de los seres humanos.

Por todo lo anterior, es muy importante que conozcamos y despejemos los mitos que despiertan los desastres en la opinión pública con el fin de poder enfrentarlos mejor si, desgraciadamente, ocurrieran.

Cuando la gente está en peligro entra en pánico
Lo que implica esta aseveración es que inevitablemente el peligro conduce a una pérdida de control y a conductas impulsivas, por un lado; y, por el otro, que provoca comportamientos totalmente egoístas que ponen por delante a la persona en desmedro de los demás. Aunque lo siguiente pueda causar sorpresa, todo demuestra que en un desastre el pánico no ocurre con frecuencia. En efecto, las personas hacen lo mejor que pueden por ellos y los que los rodean, aunque pueden equivocarse por falta de conocimientos y pagar por ello con sus vidas. El pánico es usual, sin embargo, cuando los individuos tienen poca información acerca de lo que está ocurriendo, cuando hay la percepción de amenaza de muerte inminente, cuando se sienten atrapadas y sin ninguna posibilidad de escape, y cuando no existe liderazgo ni conducción confiables.

Cuando una persona se encuentra en peligro sólo piensa en sí misma
Aunque los héroes y heroínas de las películas de desastres necesitan, para ser más notables, de la cobardía de sus congéneres, la mayoría de los individuos se comportan con bastante compromiso con respecto de terceros que están en la misma situación. Aunque los casos de egoísmo reciben muchísima publicidad en los medios, no son representativos de cómo actúan la mayoría de las personas. La planificación de recursos para enfrentar desastres debe tomar en cuenta que los seres humanos no somos tan malos como nos pintan.

La información es negativa
Algunos piensan que los seres humanos nos empachamos con información, especialmente cuando se trata de situaciones que significan algún tipo de peligro, y terminan comportándose de manera errática. Es cierto que la información incompleta, vaga o ambigua no significa ninguna ayuda y, por el contrario, puede ser peligrosa. También es cierto que las personas tienden a no creer en la realidad de hechos que escapan a su vida normal y cotidiana, por lo que muchas veces no aceptan ser evacuados de sus casas aun cuando es evidente que pueden ser arrasadas, como ocurre en nuestro país, por un huaico. Sin embargo, la mayor parte de la gente reacciona de manera adecuada cuando recibe información, especialmente cuando se trata aquella que proviene de fuentes confiables y respetadas. Por esa razón la información sobre desastres debe provenir de fuentes conocidas y oficialmente reconocidas. Además, debe ser información clara y concisa, versar sobre el desastre y los distintos escenarios posibles, así como contener recomendaciones acerca de acciones. Finalmente, se debe ser específica e ir enfrentando las ocurrencias a medida que se dan y no cubrir demasiados campos o hechos que están muy lejanos en el tiempo.

Una comunidad afectada por un desastre no se puede recuperar.
Aunque un desastre puede tener consecuencias muy importantes y, en realidad, cuando se ha tratado de un evento de gran magnitud, no hay manera que las cosas vuelvan a ser completamente como antes. Sin embargo, una comunidad, si hay un número suficiente de sobrevivientes, termina por reconstruirse, asimila lo ocurrido y, como los individuos, sigue su proceso de desarrollo y evolución. Lo importante es elaborar lo ocurrido, hablar sobre ello y no dejar que el resentimiento se acumule en la comunidad.

Los niños no se ven afectados por desastres
Muchos piensan que los niños, que reaccionan brevemente con pesadillas o miedos, por ejemplo, pero que luego se acomodan a las nuevas circunstancias, no sufren efectos de mediano y largo plazo. Sin embargo, sus percepciones de los desastres acompañan y son parecidas a las que tienen los adultos que los rodean. En efecto, si los adultos actúan de manera serena, los chicos se comportarán de forma similar y si, por el contrario, los mayores se confunden o entran en pánico, los niños reaccionarán igual. Por lo general, los niños posponen sus reacciones hasta tener las cosas claras y por eso expresan sus sentimientos cuando las aguas están regresando a su nivel normal, hecho que desespera y molesta a los adultos. Cuando esas expresiones se producen, muchas veces no parecen tener relación alguna con el desastre por lo que se requiere de mucha comprensión por parte de padres y maestros.

Como en muchas otras áreas, especialmente cuando se trata de temas delicados o relacionados con el sufrimiento o la muerte, se tiende a mantener a los niños desinformados respecto a los desastres. Se piensa que ellos no se dan cuenta de lo que puede suceder o de lo que ha acontecido.

En primer lugar, los niños, al ser miembros de una comunidad, deben saber cuáles son los peligros masivos que, por sus características geográficas, acechan al lugar que habitan. La información debe ser clara, precisa, sencilla y descriptiva. En el caso de nuestro país referirse a los sismos, tsunamis, huaicos, desbordes de ríos o al Fenómeno del Niño es, desde este punto de vista, un imperativo.

Sin embargo, como vimos cuando hablamos de la seguridad individual en casa y fuera de ella, no basta con informar, y ciertamente, no tiene sentido generar emociones sin darles un cauce por donde expresarse. El criterio central en toda estrategia preventiva es que la gente debe saber qué hacer, con qué, cómo y cuándo en los momentos en que enfrenta tensión extrema. Pero para minimizar los efectos de la situación de desastre, esos conocimientos deben ser adquiridos, ejercitados e interiorizados durante los momentos de calma, como parte de los aprendizajes habituales de la comunidad en general y del colegio, en particular. Trátese de una guerra o de un terremoto, la práctica de comportamientos adecuados debe hacerse en tiempos de paz y cuando la tierra no tiembla.

En este sentido, es importante saber no sólo lo que se tiene que hacer, sino también entender la relación que existe entre nuestras actitudes y las de los demás en los distintos niveles, pues sin coordinación el éxito será básicamente individual, pero difícilmente relevante en términos colectivos. Es en ese aspecto que los niños y nuestra actitud hacia ellos es crucial. Ellos deben tener una función. Se les debe explicar lo que significan los distintos desastres, los escenarios posibles y las acciones a tomar si alguno de ellos efectivamente ocurre. Pero, sobre todo, deben entender que lo que ellos hagan -encargarse de llevar un bidón con agua, ponerse en fila con los más pequeños, etc.- es relevante para el resultado final y grupal que se busca.

Contrariamente a lo que se piensa, las comunidades que están enteradas de la posibilidad de un desastre y cuyos miembros, incluyendo los niños, entienden el valor de su futura conducta, son las que tienen más posibilidades de salir fortalecidas de un evento traumático.

Una casa puede ser reconstruida y las posesiones que había en ella pueden ser repuestas. Pero si no se maneja adecuadamente los temores de los niños, éstos pueden durar para siempre. Como se dijo antes, las personas que sufren las consecuencias de una catástrofe muchas veces sienten que algo se ha interrumpido en sus vidas y no siempre pueden establecer una continuidad entre el antes y el después.

En una crisis masiva, el individuo siente que pierde control sobre sus circunstancias y que los mecanismos habituales para enfrentar problemas no funcionan. Puede mostrar, entonces, los siguientes síntomas: recordar de manera recurrente los eventos críticos, experimentar trastornos del sueño, sentir cansancio y/o impotencia, tener ataques de llanto, mostrar intolerancia, irritabilidad y miedo extremo de que se repitan los hechos, optar por aislarse y perder así todo vínculo con personas que eran muy cercanas antes de que el desastre ocurriera.

Para ayudar a los niños a recuperarse después de una catástrofe, los adultos deben poner lo ocurrido en un contexto, vale decir, en un escenario en el que el desastre era una posibilidad, que ha tenido ciertas consecuencias y que ahora las cosas deben continuar su desarrollo aunque los sentimientos de pena, rabia o impotencia son naturales y normales. Además, los mayores deben controlar sus propios temores o sentido de la pérdida, para poder ser de utilidad a los niños y apoyarlos cuando expresen sus emociones conteniéndolas y encauzándolas. Se debe hacer esfuerzos por mantener a la familia unida y en contacto con las redes sociales de apoyo que existen en la comunidad. Por ejemplo, las autoridades, como maestros o alcaldes, deben mantenerse accesibles y el colegio puede ser un lugar donde las familias puedan encontrarse con otras que se encuentran en la misma situación; o la municipalidad puede jugar ese papel o el de lugar al que acuden los que están en condiciones de ayudar a los que más han sufrido. Encontrarse con amiguitos alivia la ansiedad y permite compartir experiencias. Y en el caso que sea necesario mandar a los niños a casa de parientes o amigos, es muy importante aclararles que se trata de una situación transitoria.
También es útil animar a los niños a que compartan lo que sienten y hagan preguntas para que así puedan elaborar sus emociones y ponerlas dentro de experiencias que les han sido explicadas y que son aceptadas como legítimas y normales. Hay que explicarles de manera honesta lo que ha ocurrido y lo que debe o puede pasar luego. Es una manera de restituir una sensación de control a través de la comprensión de una situación.

Los sentimientos de los niños deben ser tomados muy en serio y es indispensable que los adultos tengan mucha paciencia con ellos, al mismo tiempo que se les permite adquirir un punto de vista desde el cual organizar su propio ambiente. Debe hacerse todo lo posible por involucrarlos en todas aquellas actividades familiares que aumenten la autoestima y devuelvan esperanza y sentimientos de eficacia, como, por ejemplo, recuperación de enseres, reorganización de horarios, etc. Además, hay que intentar retomar con los niños una rutina diaria que se aproxime a la que tenían antes.

Si a pesar de los esfuerzos un niño no se adapta a la normalidad luego de un periodo razonable de tiempo, hay que pensar en consultar con un especialista.



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