| Homo mortalis, homo letalis |
| |
| |
| 07 / 2007 |
La muerte está de moda. No porque se muera más que antes, o menos, sino porque se discute acalorada, a veces estridentemente, cómo regular constitucionalmente nuestra posibilidad de causarla.
Es una compañera inseparable desde que Dios nos la impusiera para que, de Su imagen y semejanza, no tuviéramos eternidad. Entonces, morimos. Somos una manifestación momentánea de estructura y organización que se inclina ante la segunda ley de la termodinámica. Después de consumir locamente energía, incrementamos el desorden cósmico.
Pero somos nosotros quienes enarbolamos la guadaña: la venimos blandiendo desde siempre, segando la vida de nuestros congéneres. La primera muerte fue una ofrenda animal y, rapidito nomás, siguió la segunda, víctima humana, a manos del oferente despechado, Caín. Una Biblia chicha hubiera titulado: “Pareja misia se gana con barrio pitucaso, pero es expulsada por faltosa. Luego de harta chamba, sudor y dolor, tienen 2 calatos. Uno de los chibolos, por picón, le da vuelta a su brother con quijada de burro”.
Desde entonces no paramos de competir con Dios en la tarea, a veces sublime, a veces despreciable, de crear y destruir. En Su nombre, de la Patria, la Libertad, el pasado, el futuro, la ciencia, la curiosidad, el placer, o cualquier combinación de las anteriores. Nadie puede dudar de que, además de mortales -quizá por serlo, o por serlo y no aceptarlo-, somos mortíferos.
Nuestra letalidad siempre estuvo ligada a la pérdida de inocencia que conseguimos sacándole la vuelta a Dios. Es la otra cara del conocimiento que nos permitió domesticar animales, domeñar plantas, encauzar ríos, atravesar mares, construir ciudades, surcar el aire, alcanzar otros cuerpos celestes, entender el funcionamiento de la materia, auscultar los secretos del mundo orgánico, encoger las distancias, curar enfermedades –eventualmente producidas por algunos de los anteriores logros- y servir de prótesis, compensación y hasta alternativa a la naturaleza.
La muerte que vamos a sufrir o que causamos; que nos es indiferente o permitimos, está asociada con el problema del Mal. ¿Por qué estamos sujetos a una anulación definitiva de nuestro ser y nuestra conciencia? Más aun, ¿por qué tenemos tan poco control sobre ella? Peor, ¿por qué ocurre sin mucha relación con lo que hacemos o dejamos de hacer? Más terrible, ¿por qué se abate sobre quienes recién comienzan a vivir, sobre multitudes inermes o sobre menesterosos inocentes, mientras siguen caminando por el mundo malvados, deshonestos, asesinos con sus manos o con manos alquiladas?
Puede que no exista ninguna lógica. Entonces, hay que tratar de hacer las cosas de la mejor manera posible y aceptar con valentía nuestra condición. O existe, pero escapa a nuestra comprensión y está bajo la égida de la Divinidad que -vistas nuestras propuestas, deseos, temores y planes- dispone.
En ambos escenarios matar es indeseable pero concebible. Como agentes de Dios o de nuestra razón, venimos matando desde el principio de los tiempos. Que la civilización haya desarrollado reglas de juego, limitaciones, rituales e ideologías para hacerlo, no contradice lo anterior. Pocas personas, creyentes o no, están dispuestas a negarse de manera absoluta, a sí mismos o a alguna instancia, el derecho de matar en ciertas circunstancias.
La orden de ingresar en la embajada de Japón en Lima, tomar el Palacio de Invierno en San Petersburgo, destrozar las Torres Gemelas en Nueva York, encender el fuego de una hoguera inquisitorial en Paris, volarse dentro de un ómnibus en Tel Aviv, entrar con tanques en Jenin, arrojar una bomba atómica en Hiroshima e inyectar una sustancia letal en las venas de Timothy McVeigh en Oklahoma (en ese Estado y en Washington, la ley permite a los familiares de la víctima espectar la ejecución del asesino), son vistas por muchos –no los mismos- como acciones, desgraciadas o encomiables, pero inevitables. Entre quienes así piensan –con maldad o profunda convicción- no son pocos los que llevan sotana o soliderio.
Ni la convicción ni la parafernalia convierte a los que aceptan la muerte ajena en ciertas circunstancias, en mejores o peores que el resto. Lo que sí es cínico y cobarde, es no reconocer que el nerviosismo frente a formas perturbadoras de nuestra mortalidad y letalidad, como el suicidio, el aborto y la eutanasia, tienen que ver con algo más que una defensa cerrada de la vida.
|
|
|
Volver |
|
 |
|