| No estar a los 11 |
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| 07 / 2007 |
Cada cierto tiempo nos asalta una muerte por mano propia que parece incomprensible por la edad de quien la perpetra. Los medios se abalanzan sobre los detalles de un desenlace que no cuadra con nuestra idea de la niñez o la adolescencia temprana. Todos buscan los antecedentes de un acto que golpea como una cachetada. ¿Cómo, porque no la dejaron ver TV, por miedo a mostrar una libreta de notas, por la presión de los exámenes, por una paliza de mediana intensidad, por ser el punto de la clase? ¡Pero, si tienen toda la vida por delante, sus nombres no figuran en Infocorp, están en la etapa más linda de su existencia!
Las evidencias se traducen en estadísticas, no solamente en las primeras planas o la una de los noticieros. Una línea de ayuda registra un aumento de llamadas de potenciales pequeños suicidas que lleva la cifra de 346 a 701 en un año. Un tercio llamaba después de un intento fallido – la cuerda, la hoja de afeitar y los medicamentos, son los instrumentos preferidos- y el resto, básicamente para decirle a alguien que no querían vivir.
He mencionado las razones en el primer párrafo. Pero una que las refuerza, es la indiferencia de los adultos: no le dan importancia al “perverso” deseo. Lo minimizan, lo descalifican como absurdo, cambian de tema o, simplemente, no responden. Lo peor que se puede hacer. Cuando un niño, en general cualquier persona, habla de su voluntad mortícola, hay que tomarlo muy en serio, escucharlo, ayudarlo a explorar sus sentimientos y ofrecerle ayuda profesional.
Una de las creencias más equivocadas es que se trata de llamar la atención y nada más. Cuando un intento se produce y fracasa, los adultos se sienten aliviados por el resultado y se olvidan del asunto, asumiendo que el problema ha sido superado. Tan falso como lo anterior: lo más probable es que ocurra nuevamente, con el agravante que, como en cualquier otra actividad, la experiencia enseña.
El hecho que parece desencadenar el acto suicida es puntual y, a veces, enloquecedoramente simple, ridículamente improbable. Ya vimos que puede ser la negativa de un permiso, un rechazo menor, un bachecito en el camino. Pero casi siempre hay un proceso que se ha ido construyendo – son pocos los suicidios por impulso- a lo largo del tiempo.
Tristeza, alteración en los patrones de sueño y alimentación, comentarios acerca de la mala suerte, irritabilidad, aislamiento, ausencia de placer, quejas somáticas frecuentes, son señales que deberían inducirnos a acercarnos, indagar, hacer saber que estamos atentos y preparados para hablar. Como me dijo una chica de 11 años el otro día: “a veces me abrazo a mí misma y hago como que alguien más me está consolando”. ¿Está claro?
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