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Editorial

Cuando los niños preguntan sobre la muerte
 
 
07 / 2007
El tema no es agradable. Parece tan contrario a lo que significa la niñez: por definición, el comienzo de la vida. Para qué hablar de un asunto tan lejano, tan teñido de angustia para nosotros. Más vale no jalarle la patita al diablo, no vaya a ser que de tanto hablar acerquemos eventos sobre los que no quisiéramos ni pensar. Sin embargo, los niños se interesan por la muerte, preguntan sobre ella y están atentos a los fenómenos que la rodean. Además, en esta época de comunicaciones instantáneas y en un país como el nuestro, en el cual la muerte se pasa «en vivo y en directo», valga la contradicción, es difícil, por decir lo menos, escapar de ese fenómeno.

Además, hubo épocas en que la muerte era parte del panorama cotidiano: se convivía con ella y se la veía pasar todos los días a la vera del camino. Los cementerios estaban en el interior de las ciudades y todavía no existía ese pudor moderno ante ciertos fenómenos como la locura, la enfermedad y el castigo, que convirtió los manicomios, hospitales y cárceles en espacios velados y opacos, sobre todo para los niños. Igual los cementerios. Pero en Espacio de Crianza nos gusta tocar todos los temas y, en esta ocasión, hemos querido hablar de cuando los niños mueren, de cuando a los niños se les muere alguien. Comencemos por reflexionar acerca de qué responder a un niño cuando nos pregunta sobre la muerte.

Una buena forma de hacerlo es diciéndole que morimos porque vivimos, que todo lo que vive tiene que morir y que todo lo que muere ha vivido. Vivir y morir son dos conceptos que van juntos naturalmente, que son inseparables. Los niños entienden eso muy bien. Necesitan de nuestras palabras para pensar en esos fenómenos. Justamente, hablando de palabras, éstas son lo que nos distingue de los animales, y por eso la muerte de un animal también es diferente, porque sus descendientes no tienen palabras para recordarlo. Ellos no tienen una historia.

Apenas los chicos se dan cuenta de la diferencia entre los sexos, preguntan acerca de la muerte y sobre si somos viejos y cuándo moriremos, o cuándo ellos se van a morir. Es importante decirles, entonces, que nadie sabe cuándo morirá, que cuando alguien vive no está muerto y que cuando está muerto no vive. Por eso es importante vivir satisfactoriamente todos los momentos de nuestra vida. Cuando hay angustia, una respuesta que la puede calmar notablemente consiste en que morimos cuando terminamos de vivir. Si el niño protesta diciendo que aún no ha terminado de vivir, podemos responderle que justamente por eso está vivito y coleando.

Son formas creativas, naturales y sencillas de hablar con niños desde que tienen alrededor de tres años de edad. En este caso, se trata de un misterio que forma parte de la vida, pero que, como todo misterio, es mejor aceptado a través de la palabra que del silencio.
Pero los chicos también los mueve la muerte de personajes, desde aquellos que terminan sus días por mano propia, hasta los que perecen en accidentes súbitos, cuando todo parece sonreírles, o compañeritos que fallecen como consecuencia de una enfermedad que no repara en que recién estaban comenzando la vida. Recuerdo que hace ya varios años, murió Mónica Santa María. Mis pequeños pacientes, padres, periodistas y amigos no podían salir de su asombro y, en medio de las teorías más diversas, trataban de explicar el hecho: una joven de 20 años, figura pública venerada por millones de niños, hermosa y rica, se quitó la vida.

No voy a hablar del suicidio, ni siquiera intentaré internarme en las circunstancias y en la personalidad de la desaparecida «dalina». Quiero, más bien, ensayar algunas lecciones sobre lo que podemos hacer como padres o educadores cuando algo así ocurre.
Cuando una figura pública muere, sobre todo alguien ligado a las ilusiones y alegrías de la gente, los niños no pueden evitar hacerse muchas preguntas. Sienten, de acuerdo con su edad, de manera angustiante, la realidad de la muerte. Se interrogan sobre las razones de ella: por qué no se pudo evitar; por qué Dios no impidió que desapareciera una persona buena; si mamá también va a morir y, por último, si a ellos también les tocará pronto. Ésas son algunas de las inquietudes. Hay otras a veces más complicadas, especialmente si la muerte ha sido violenta, y las teorías para explicarlas no tienen nada que envidiar a las más inverosímiles que inventa la prensa sensacionalista.

Muchos padres y educadores piensan que deben aislar a los niños de todo lo que los pueda hacer sufrir. Se asustan del eventual sufrimiento infantil y no saben cómo encarar lo que lo produce. Es un error. En primer lugar, porque de todas formas los hechos llegan a los niños, quienes encuentran en los medios de comunicación y en sus propios compañeros vehículos de información. El mensaje que aprenden cuando eso ocurre dice que los padres no son personas a las que se puede acudir para aclarar dudas o transmitir preocupaciones. En segundo lugar, porque los niños tienen derecho a sufrir cuando se produce una pérdida; y justamente por eso, los adultos tenemos el deber de hablar sobre ello para que los chicos aprendan lo que significa que una persona con la cual se identifican ya no esté más con ellos, que ha desaparecido para siempre.

La mezcla de rabia, confusión, pena y miedo son absolutamente normales, y es importante que padres y educadores los comentemos con los pequeños. Algunas de sus preguntas pondrán a prueba nuestro sistema de valores y creencias. No es un asunto técnico, y cada persona recurrirá a sus concepciones sobre la muerte para comunicarse con los chicos. Pero es esencial que se produzca un diálogo y que comprendamos que hechos como el ocurrido permiten ejercitarnos en los procesos de duelo que inevitablemente todos tendremos que enfrentar en algún momento.

Por cierto, hay razonamientos que podemos aclarar en estas ocasiones, como que portarse mal no hace que nadie se muera, o que nuestra rabia hacia los que nos rodean tampoco causa la muerte. Una de las preocupaciones más frecuentes es que los niños se preguntan, al comprender que morir es inevitable, cuándo les llegará el momento. Es una interrogante difícil de responder, y quizá la mejor manera es hacerlo con franqueza: nadie sabe cuándo va a morir, y morimos cuando terminamos de vivir. Una respuesta sencilla que integra dos fenómenos indesligables.
Toda tragedia pública los sentimientos de todos acerca de preguntas que son eternas. La actitud más sana es compartirlas con los niños de acuerdo con su edad y tratar de rescatar las fuerzas de la vida, por un lado, y las de la palabra que sana, que permite recordar y calmar la angustia, por el otro. Finalmente, no está de más reflexionar con los niños sobre el hecho de que ciertas personas, aunque aparezcan siempre sonriendo, bailando y cantando, tienen una vida privada que puede incluir dosis importantes de sufrimiento, y que el estar condenadas a la felicidad pública puede hacerlas más intensas todavía.
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