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Editorial

Las palabras y las páginas, el regreso de lo impreso y la historia sin fin
 
 
03 / 2007
Una nueva renovación, en la semana de Educared, dedicada a la lectura, no es cualquier cosa. Todos los que hacemos este portal, a pesar de estar en un medio virtual, estamos comprometidos con las páginas y las palabras. Esperamos que los contenidos – hechos con la ayuda de Vivian Jacobi y Diego Polo- que presentamos interesen y hagan pensar sobre la necesidad de leer y promover la lectura.

La aparición de la niñez como un periodo especial, diferenciado de otros en el ciclo vital, fue un fenómeno progresivo. Lentamente, a partir del final de la edad media, se fueron desarrollando espacios propios para los pequeños, ropas que les eran características y maneras específicas de ser tratados; todo dirigido a convertirlos en adultos con permiso para producir y reproducirse.

En este proceso, largo y poco homogéneo en las diferentes culturas, los libros jugaron un papel muy importante. La imprenta fue un invento que ayudó a crear a la niñez. Con la multiplicación de textos que permitió la creación de Gutenberg, el libro dejó de ser un instrumento de conservación de verdades inmutables para convertirse en un agente de cambio, y camino para encender la imaginación o para acicatear el pensamiento. Cuando leer y escribir se hicieron casi indispensables para ser un adulto funcional, la niñez devino el período durante el cual uno aprende a ser adulto en un lugar especial, que es la escuela. La ropa para niños, el lenguaje infantil, los juegos infantiles y la literatura infantil adquirieron fuerza y carácter. El período entre 1850 y 1950 fue el siglo de los niños.

Con las comunicaciones rápidas, a través del telégrafo, la radio y, especialmente, la televisión, las cosas comenzaron a cambiar. El tipo de razonamiento que demanda la imagen es distinto del que requiere la lectura. En la segunda es inevitable aprender a esperar y analizar secuencialmente. La primera es más sincrética, inmediata y emocional. No significa que una sea mejor que la otra; simplemente, son diferentes. El hecho es que, además de promover formas distintas de captar el mundo, la televisión nos lo expone sin distingos, sin intermediarios. A viejos y jóvenes por igual. Es en cierto sentido una democratización. Los tabúes se diluyen, los controles se hacen más difíciles y las esperas, menos aceptables. Se vive en el aquí y en el ahora. Ya no existe más un lenguaje propio de los niños –somos los adultos los que hablamos como ellos–, ya no existe una moda infantil –¿alguien vio recientemente un niño vestido de marinerito?– y los juegos son más bien repetitivos. Los niños son más adultos, y los adultos, más infantiles.

Lo anterior no es un juicio de valor. Se trata de una descripción de situaciones que tienen aspectos buenos y malos y que plantean retos para los cuales no estamos preparados. La televisión es un elemento de todo el conjunto, en parte causa y en parte expresión del mismo. Lo cierto es que se nos viene encima un mundo en el cual la información viajará cada vez de manera más rápida, será cada vez más adecuada a los intereses y gustos del usuario y estará cada vez más cerca de los que la utilizan, adultos o niños. Los conceptos de orden, responsabilidad, poder y muchos otros adquirirán nuevas connotaciones, o por lo menos se aplicarán de maneras todavía imprevistas.

La actitud de muchos adultos e instituciones educacionales es correr detrás de los cambios o, por el contrario, resistirse de manera absurda a lo que constituyen fenómenos que marcan, nos gusten o no, una nueva época. Para que nuestros hijos tengan un sentido de continuidad con sus raíces y con nuestra historia, es importante que, por un lado, les enseñemos el valor de nuestros símbolos y, por el otro, que nos interesemos seriamente en los suyos. Pretender que no tenemos nada que ver con las computadoras o los videojuegos es, además de una pena porque esconden también potenciales innegables, una manera de alejarlos de nosotros.

La tecnología va a tener impactos cada vez más rápidos en nuestra manera de vivir. Ello sucede sin que hasta el momento se den los grandes cambios ideológicos que abran nuevas eras, ni aparezcan los que les den nombre y apellido. Los Einstein, Freud, Stravinski, Picasso o Elliot que forjaron los conceptos que le dan sentido a nuestro siglo en diversas áreas de la actividad humana todavía no aparecen, o están trabajando en silencio, desconocidos por nosotros. Mientras tanto, debemos tratar de mantener nuestros valores sin dejar de acercarnos con respeto a los objetos, juguetes, tecnologías y músicas de nuestros hijos. Y si llegan días de presentes, hago la pregunta: ¿alguien regalará un libro?

En varias oportunidades hemos reflexionado acerca de la importancia de lo impreso, sobre cómo la cultura de los libros estuvo ligada al nacimiento y desarrollo de la niñez como fenómeno social, y de las maneras en que su aparente pérdida de centralidad y relevancia ha contribuido a desdibujar los límites entre adultos y menores. Me he referido, por ejemplo, a mi experiencia personal, en que tuve que enfrentar la frustración de no ver en mi hijo la misma pasión que tengo yo por los libros (ver la sección Testimonios).

Es indudable que la gente lee menos. Los más jóvenes, salvo excepciones, consideran la lectura como un mal necesario, en el mejor de los casos, y muchas veces como una pérdida de tiempo que trae pocas ventajas y, ciertamente, ningún esparcimiento. Obviamente, en este fenómeno tiene mucho que ver la consolidación de la cultura de las imágenes que centra todo en el aquí y el ahora, en la comprensión sincrética y más o menos inmediata de la información que nos viene de lejos, generalmente a través de la pantalla chica.

Pero no hay que contentarse con lamentar procesos que son probablemente irreversibles y que contienen también muchas promesas, al mismo tiempo que encierran grandes potenciales. La revolución telemática, es decir la posibilidad de manejar información desde lejos a través de canales variados; de conectarse con otros que comparten nuestros intereses aunque no los hayamos visto nunca; de acceder a una riqueza virtualmente infinita de datos sobre virtualmente cualquier tema; y de contar, finalmente, con una inversión relativamente modesta, en un disco compacto, con el equivalente de la Enciclopedia Británica; la revolución telemática, en suma, ha comenzado a modificar la manera como vivimos, y muy pronto cambiará nuestra forma de pensar. Es tiempo de comenzar a reflexionar acerca de lo que ello significa.

Dentro de este contexto, es muy posible que lo escrito regrese con fuerza, sólo que el medio por el cual llegará a nosotros será distinto. Las palabras van a pasar de pantalla en pantalla en lugar de visitarnos impresas en un papel, pero no van a desaparecer. Son cada vez más los medios escritos que llegan, mediante una tarifa de suscripción bastante aceptable, a través de un servicio en línea que conecta a millones de computadoras, y cada vez son más las ofertas de información especializada que están en lo que se llama la autopista informacional.

Pero no sólo las vías han cambiado notablemente, sino sobre todo los contenidos de aquello que transita por ellas o que nos ayuda a recorrerlas. Los programas, el software para niños o, mejor, para los hogares –que conformarán los espacios desde los cuales y dentro de los cuales va a consolidarse la revolución de que estamos hablando–, se hacen cada vez más interactivos y permiten la concreción de las capacidades de exploración intelectual que combinan la imagen, el sonido y la palabra escrita. Finalmente, la televisión, tal como la conocemos actualmente, y de la cual tanto nos quejamos con buenas razones, habrá sido una tecnología intermedia, un paréntesis que quizá haya permitido que se incube el regreso de la palabra registrada, porque ya no se puede decir impresa.

Pero quiero volver a los libros y hablar de uno que me hace sentir mucho optimismo en cuanto al futuro de la lectura y lo que significa leer.

Cada cierto tiempo, algún canal de televisión tiene la feliz idea de transmitir una película que cautiva a televidentes de todas las edades. Se trata de La historia sin fin, un filme dirigido por el mismo cineasta alemán director de Enemigo mío y El submarino. El libro en que se basa la película tiene el mismo título y fue escrito por Michael Ende, también alemán.

Sebastián, un pequeño de aproximadamente 10 años, ha perdido a su madre y se rehúsa a dejar sus ensueños, por lo cual es molestado permanentemente por los representantes de una cultura, pragmática y realista, que ya no quiere leer y que acepta solamente los paraísos hechos a la medida de las pantallas. Su padre le dice que es hora de poner los pies sobre la tierra, y luego de diez minutos de monólogo, considera que su papel ya ha sido cumplido largamente. Tres de sus compañeros lo llaman «gallina» y lo obligan a meterse en un inmenso tacho de basura, del cual emerge para volver a encontrarlos. En su huida, entra a una extraña librería, donde conoce a un viejo que primero quiere echarlo a la calle y luego esconde misteriosamente un libro que, él asegura, es peligroso leer.

Sebastián, picado en su curiosidad, se lleva el libro y llega a la escuela tarde, cuando ya ha comenzado la clase de matemáticas. Se esconde en una buhardilla llena de vejestorios que se utilizaban antes en las clases de anatomía. Ahí comienza la aventura. Cuando abre el libro, él se interna –y también nosotros– en un mundo alucinante: Fantasía. Un gigante comepiedras en su triciclo, un duende con su murciélago dormilón y un pequeño hombrecito elegante con su caracol de carrera han coincidido en un claro del bosque y se cuentan, asustados ya, que Fantasía está siendo devorada por La Nada, un terrible fenómeno que anula y destruye todo. Los tres deben acudir a la torre de marfil donde vive la emperatriz.

Los extraños habitantes de Fantasía, venidos todos por la misma razón, escuchan desesperados que la pequeña soberana está enferma, mortalmente enferma, y que su mal tiene que ver con La Nada. Sólo un valeroso guerrero, Atreyu, el cazador de búfalos –Sebastián se sorprende porque en su lonchera hay unos dibujos de cazadores de búfalos–, podrá hacer algo. Pero el mencionado Atreyu es un niño de la misma edad que Sebastián. Después de la sorpresa inicial, el joven guerrero y su caballo emprenden la búsqueda de una respuesta para los problemas de Fantasía, al mismo tiempo que una criatura de la oscuridad recibe la consigna de matarlo.

Las aventuras de Atreyu en los pantanos de la tristeza, con la tortuga Morlak, el ser más viejo de Fantasía, que le dice que debe ir a un oráculo situado a miles de kilómetros, mantienen en vilo a Sebastián, quien vive intensamente cada momento y comienza a tener la sensación de que él tiene mucho que ver en todo el asunto. Incluso en una ocasión, cuando se le escapa un grito de sorpresa, lee que los personajes del libro escuchan un ruido ensordecedor. Atreyu parece vencido. Ha perdido a su corcel, que no pudo vencer las penas del corazón y se va hundiendo, él también, en el fango, y sin saberlo es acechado por el monstruo que debe eliminarlo. En el último momento, es salvado de sus fauces por Falkor, un dragón de la suerte, especie de dulce perrito shitzu volador que lo lleva hasta el oráculo del sur y se convierte en su fiel compañero.

A partir de ese momento, el pequeño Atreyu deberá pasar varias pruebas y cada una de ellas compromete más a Sebastián, a quien se le hace difícil seguir leyendo en algunas ocasiones, como si él también tuviera que vencer los mismos obstáculos y la lectura fuera el equivalente de los trabajos que tiene que realizar el aparente protagonista de la novela. En un momento, Atreyu debe enfrentarse a su imagen en el espejo y ese paso tan sencillo lo detiene, y se aleja horrorizado, al igual que Sebastián, quien lanza el libro lejos de sí. ¿Qué vieron? La verdad es que Atreyu vio a Sebastián, y viceversa. El lector y el personaje terminaron siendo la imagen el uno del otro, y sus mundos, con las misiones, los peligros, temores y esperanzas, están inextricablemente ligados: uno y otro se reconocieron como dos imágenes del mismo camino, como dos partes de una misma lucha; y para seguir adelante, ambos deberán asumir sus carencias y vencer sus miedos. ¿Podrán hacerlo?

Sebastián descubre que el libro, en efecto, es peligroso. Seguir a los personajes cuestiona al lector, quien ve a los héroes de la historia entrampados por obstáculos a los que él no es ajeno. En realidad, si Sebastián no sigue leyendo, Fantasía, el fabuloso reino de la novela, se destruirá para siempre. El pequeño lector se sobrepone y tanto él como Atreyu pasan la prueba del espejo, y al llegar al oráculo, éste comunica que sólo trayendo a Fantasía un niño humano, el reino se podrá salvar. Atreyu no sabe cómo cumplir esa tarea. Se encuentra con el monstruo enviado por las fuerzas del mal a matarlo, y éste le dice que Fantasía es el mundo de los sueños de los humanos. Que La Nada destruye ese mundo para que sea más fácil controlar a los hombres, porque los hombres sin sueños son víctimas fáciles del poder.

Atreyu vence a la bestia, pero La Nada avanza incontenible y todo Fantasía comienza a desmoronarse. Sobre uno de los restos del otrora variado y brillante mundo, está la Torre de Marfil. Atreyu entra en ella y se encuentra con la emperatriz, a quien le comunica su fracaso: no tiene respuestas, no ha podido traer un niño humano. La soberana le dice que sí lo ha hecho, pero que el niño humano no lo sabe y que ahora debe atreverse a ponerle un nuevo nombre a ella para que Fantasía renazca. Sebastián no puede creer que estén hablando de él, que es el niño humano que va a salvar a Fantasía. Al final osa gritar un nombre, el de su madre muerta, e ingresa a Fantasía, renovada y viviente, donde se encuentra con Atreyu y su caballo, con el gigante comerrocas y su triciclo, con el duende de los bosques y su murciélago perezoso, con el hombrecito elegante y su caracol de carreras, y con Falkor, el dragón de la buena suerte. Con este último recorre a Fantasía y llega hasta la ciudad para ejercer una pequeña e inocente venganza sobre los vándalos que lo recluyeron en el tacho de basura gigante.

Cada vez que se inicia un libro, un Sebastián se da la mano con un Atreyu y juntos recorren el camino de la fantasía, recreándola hasta la última página, en que ese mundo intermedio entre lo totalmente interno y lo totalmente externo, que son los libros, comienza a morir de nuevo, a la espera de otro lector que se atreva a salvarlo. El lector se enriquece y confronta sus miedos, limitaciones, habilidades y esperanzas, pero lleva a cada trama, a cada historia, un toque especial que la hace revivir de manera particular. La historia sin fin es un excelente libro acerca de la importancia de la fantasía, así como sus costos y el hecho de que siempre será el último refugio de la libertad. Por eso los tiranos siempre han querido matarla.
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