| La cultura de la rebaja |
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| 03 / 2007 |
Ahora resulta que los escritores de un libro publicado en 1982 – dos de los tres, Michael Baigent y Richard Leigh, ya que el tercero, Henry Lincoln, no es citado en el juicio-, han demandado a la casa editora Random House por plagio. Afirman que Dan Brown el autor, mega autor, del Código de Da Vinci, se habría basado en sus ideas para producir un texto que ha vendido 40 millones de ejemplares, sin contar la piratería peruana. No es que Brown se copió, sino que, según las mencionadas personas, se sustentó en esa poco conocida obra, llamada la Sangre sagrada y el Santo Grial.
Un romance entre Jesús de Nazarea y María Magdalena, cuyo producto, un vástago, definió un linaje que vive entre nosotros, protegido por capas y capas de secretos, administrados por sectas y órdenes, mientras que es silenciado y hasta amenazado por dos mil años de institucionalidad vaticana, es una tesis que ha vivido probablemente en más de una cabeza, en más de una época.
Es posible que en 1982, cuando no estaba tan de moda desmitificar la vida de los grandes, el asunto haya requerido algo de valor. Pero, ya en ese entonces, el Retorno de los Brujos, de Louis Pauwels y Jacques Bergier, tenía en ese entonces algo más de 20 años, y no había duda de que el nuevo amanecer de lo irracional que ellos señalaron, estaba en camino de convertirse en mediodía.
Conspiraciones, verdades ocultas detrás de misteriosos signos, cofradías poderosas disfrazadas de lo cotidiano, han estado dando vueltas y cosechando éxitos en pantallas y libros. Aparentemente tienen para rato. Aquí se mezcla paja y trigo, ciencia y seudo ciencia, buena literatura y mala literatura. Lo más cercano a un libro que hubiera sido al género conspiracional-científico, lo que El Quijote fue a las novelas de caballería, es el Péndulo de Foucault, de Umberto Eco.
Pero aquí hay algo más que la moda de tirarse abajo todos las estampitas y encontrar el barro que forma el pedestal de todas las estatuas - ¡no se ha respetado ni siquiera la virilidad de los vaqueros!-, también está la de litigar por las puras ganas de hacerlo, lo que no es sino una versión más de lo anterior, ya que se elige a alguien cuyo enorme éxito lo convierte en gigante, para poder hacer tiro al blanco. Brown entra, así, en la categoría de un Jesús con descendencia; un Churchill que no dijo nunca eso de sangre, sudor y lágrimas; un Kennedy más preocupado por Marylin Monroe que por la crisis de los misiles; en fin, una suerte de síndrome de Watergate aplicado a la historia, la ciencia, la religión y todos los que se piensa han sido o producido algo grande. Claro, la diferencia es que con Brown se puede hacer dinero, mientras que una demanda interpuesta, digamos, por Dios, sería considerada un abuso de poder.
No es que los grandes no tengan pequeñeces, ni que las ideas no tengan varias filiaciones, ni que los conductores de cambios portentosos no se hayan apoderado de esfuerzos, ni que la ciencia no se haga, a veces, con las mismas artes y mañas que algunas de las empresas más mafiosas. Claro que sí. Y es importante que haya quienes se dediquen a recordarnos y, eventualmente, demostrarnos todo lo pequeñamente humanos que son aquellos a quienes endiosamos, y exponer a quienes hacen del error y el engaño su manera de acceder a la fama, al dinero, a la aceptación.
Lo que sorprende es el esfuerzo que se gasta en descubrir que el otro miente, en ser original señalando que otros no lo fueron realmente, muchas veces que no lo fueron para nada. Lo que genera recelo es la pasión con la que se rebaja, se rebana y se degrada, no en nombre de la verdad y la ciencia, sino en el de alimentar un circuito de fraudes y contrafraudes que otorgan un minuto de fama y, eventualmente, muchos millones de dólares.
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