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Editorial

¿Hay una edad ideal para tener hijos? y las diferentes edades
 
 
02 / 2007
Cuando un correo divino le comunicó al patriarca bíblico Abraham que sería padre a una edad muy avanzada, éste se mostró incrédulo, y su mujer, que escuchaba la conversación a escondidas, no pudo reprimir el reírse estrepitosamente, hecho que le valió un nuevo nombre. ¿Existe una edad ideal para tener hijos? La pregunta no es sencilla, pues involucra cuestiones biológicas, psicológicas y sociales.

En todas las especies, las hembras están preparadas para concebir relativamente temprano. Esto se debe básicamente a que desde el punto de vista evolutivo, en el medio natural, los individuos no tienen mucho tiempo para envejecer porque la muerte interrumpe su presencia terrena bastante pronto. Para poner al tope las probabilidades de multiplicación, es necesario que la procreación venga temprano en el ciclo vital. Lo anterior era cierto para los humanos en el medio natural dentro del cual se desarrollaron por millones de años. Pero ese medio ya no existe en ninguna parte y nuestra especie se define en gran medida con respecto al entorno social y cultural. Como veremos cuando tratemos el tema de la filiación y la familiaridad, buena parte de lo relacionado con la procreación se determina, en nuestro caso, a partir de representaciones, ideas y símbolos.

En los últimos decenios, la edad promedio en que las mujeres tienen hijos ha tendido a aumentar progresivamente. Esto se acompaña de otros cambios importantes, como el incremento de la esperanza de vida y el desempeño crecientemente activo de las mujeres en el mercado de trabajo, para mencionar sólo algunos. Finalmente, los avances de la ciencia permiten que situaciones impensables desde el punto de vista médico hasta hace relativamente poco, hoy se produzcan: implantaciones, bebés de probeta, bancos de semen, manipulación genética, etc. Esos cambios modifican, a su turno, las representaciones sobre la parentalidad, alteran las expectativas y lo que se estima aceptable.

Desde el punto de vista médico, los embarazos posteriores a los 40 años se consideran arriesgados. Hay más probabilidades de hipertensión y diabetes en la madre, así como mayores posibilidades de cesárea, de partos largos, de que el bebé sea prematuro, de que pese poco, etc. Como consuelo, se puede decir que la edad de la madre no juega un papel importante en las malformaciones, salvo en el caso de la trisomia 21, es decir, la enfermedad de Down o mongolismo. Por cierto, los embarazos tardíos son actualmente –por lo menos en los estratos más favorecidos– deseados, lo que determina que haya mucha motivación y seguimiento médico estricto. Por otra parte, el análisis del líquido amniótico permite descartar el síndrome de Down. Se puede decir, entonces, que hoy en día un embarazo a los 40 es más fatigante que a los 25, pero que se puede desarrollar físicamente muy bien.

No se habla mucho de la edad del padre al momento de producirse la concepción. Sin embargo, y para guardar el equilibrio y no poner demasiado peso sobre los hombros de las mamás, todo indica que en el caso de padres tardíos se incrementan los riesgos de hemofilia, de ciertas miopatías y de algunos tumores en los ganglios y la piel, casos poco frecuentes, pero que en total equivalen a la probabilidad de un problema de mongolismo.

Si podemos aceptar, entonces, que los avances del nivel de vida y de la medicina reducen los riesgos inherentes en la parentalidad tardía, todavía no hemos resuelto la otra cara del problema: desde el punto de vista psicológico, ¿existe una edad ideal? La respuesta no es clara. Las parejas mayores, relativamente, pueden tener más tiempo, ser más maduras, reposadas e incluso haber tenido ya experiencia en las tareas de crianza, además de poseer mucha motivación. Por otro lado, esas mismas personas no podrán ofrecer a sus retoños las experiencias que padres más jóvenes sí promueven, y el ambiente no tendrá muchas cosas en común con el de los chicos del promedio de parejas. Al fin y al cabo, en este asunto, como en muchos otros, no se puede tener todo al mismo tiempo: experiencia, comodidad, juventud, medios económicos, deseos, etc. Hay que escoger y medir las consecuencias de nuestros actos, sopesar nuestros deseos y nuestros medios, y recordar que más allá de todo ello, habrá hijos que deberán encontrar su propio camino en la vida.

Las diferentes edades

Ya hemos tratado el tema de la edad ideal para tener un hijo. Vimos que no había una respuesta clara. Por un lado, la ciencia ha reducido los riesgos y consecuencias de una serie de eventualidades, y por el otro, mucho depende del deseo de los futuros padres y de las circunstancias que les toca vivir.

Justamente, a propósito de edad, parece una de esas nociones transparentes, evidentes para cualquiera y que no necesitan de ninguna explicación. ¡Quién no sabe lo que es la edad! Se trata del número de años –en general del tiempo– que transcurren entre el nacimiento y el momento presente. Uno puede mentir sobre ella o distorsionarla, pero el lapso en cuestión no admite ningún juego. Bueno, la cosa no es tan sencilla. Para comprender los fenómenos del desarrollo psicosocial, hay que aceptar que toda persona tiene por lo menos tres edades.

La primera es la edad cronológica, definida, como lo planteamos más arriba, por el tiempo que ha pasado entre el nacimiento –se podría escoger otro comienzo, pero ello no cambiaría la naturaleza de la cantidad– y un momento determinado. Por ejemplo, la edad cronológica de una persona nacida el 19 de febrero de 1970, a las 8:45 de la mañana, es de casi 37años.

Pero también hay una edad generacional, lo que se conoce con el nombre de cohorte. Las personas que nacieron alrededor de 1970, por ejemplo, pertenecen a la misma cohorte o generación, no porque sus organismos existan independientemente del seno materno desde hace 24 años, sino porque durante ese lapso han compartido las mismas experiencias en promedio. Tienen más o menos los mismos puntos de referencia, los mismos héroes, han sido marcados por los mismos acontecimientos, han venerado –o rechazado– a los mismos artistas u hombres públicos, y han sufrido las consecuencias de los mismos inventos y de las mismas catástrofes. Tener 24 años hoy no es lo mismo que haberlos tenido hace tan sólo diez años ni, con mayor razón, haberlos tenido hace 20 ó 30.

Haber crecido en un período de estabilidad y tranquilidad, en un momento de consolidación y satisfacción colectiva, no es lo mismo que haberse desarrollado en una época de crisis, incertidumbre, convulsiones, guerra y descreimiento. Muchas veces pensamos que dos chicos de edades distintas se comportan o sienten de manera diferente en razón de que uno es mayor que el otro. La edad cronológica es una de las explicaciones, pero no necesariamente la única. Por ejemplo, entre Jaimito, de 12 años, y Pepito, de 8, puede haber más que 1 460 días de distancia. El segundo pudo haberse iniciado en la lectoescritura en un momento de cambio de métodos de enseñanza; o el primero, haber ingresado a la prepubertad durante una crisis económica generalizada que promovía la violencia en los medios de comunicación.

En tercer lugar, hay lo que podemos llamar la edad social. En este caso se trata de las funciones que desempeña un individuo. Éstas pueden ser las esperadas para su edad cronológica o, por el contrario, ser muy distintas a aquellas que la sociedad propone para las personas que nacieron en la misma época. Cuando una mujer, por ejemplo, de 13 años tiene un hijo, debe asumir un conjunto de conductas para las que puede estar preparada relativamente desde el punto de vista biológico, pero que nadie espera, por lo menos en teoría, de ella. Mientras tanto, sus amigas están aprendiendo en la escuela secundaria, salen al cine con sus amigos e inician los rituales propios de la adolescencia. De alguna manera, podemos decir que ha habido un envejecimiento social. Lo contrario de cuando una persona de 45 años tiene un hijo. Cuando sus coetáneos, por lo general, han concluido ya las tareas de crianza y se encaminan hacia una reorientación vital propia de la madurez, nuestro hipotético personaje debe pasar noches en blanco, cambiar pañales o cosas por el estilo.

La edad, pues, es también un conjunto de funciones que por lo general son asumidas en un momento del ciclo vital, pero no necesariamente.

En sociedades más bien uniformes, integradas, y en períodos de relativa estabilidad, las diferentes edades, dentro de sus respectivos grupos, tienden a coincidir y las expectativas son cubiertas por buena parte de sus miembros. En otras, como la nuestra, la teoría no coincide con la práctica; lo que se espera de la mayoría sólo lo cumple una minoría; lo que ocurre en una región poco tiene que ver con lo que se da en otra. Así, mientras algunos, apenas adolescentes, lavan los pañales de sus pequeños, ven en la televisión como sus pares se broncean en asoleadas playas. Como se puede comprobar, la edad es una noción menos transparente de lo que parece.
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