| Cerebros autistas en no autistas |
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| 02 / 2007 |
Una de las controversias más permanentes en las ciencias de la mente – y sus precursoras a lo largo de toda la historia intelectual del occidente- es la que opone a quienes piensan que todo está determinado por el sustrato orgánico y la mochila genética, con los que aseveran que el destino es algo que se forja a partir de la experiencia, la voluntad y la suerte.
Cada vez queda más claro que, en realidad, la cuestión está mal planteada. Algunas investigaciones vienen muy a propósito para entender mejor ese problema. Cuando Leo Kanner, en 1943, identificó lo que se conoce como Autismo, planteó explicaciones relacionadas con las técnicas de crianza, especialmente la naturaleza fría e intelectual de los padres. Desde entonces, mucho agua ha corrido bajo los puentes de la clínica y hoy sabemos que se trata de una enfermedad con un origen orgánico indudable.
En la universidad de Boulder se comparó las imágenes de los cerebros de 40 progenitores de niños autistas con 40 personas que sirvieron de control. Los resultados son impactantes: las diferencias son muy parecidas a las que encontramos cuando comparamos cerebros de autistas con cerebros de personas normales. La diferencia es muy notable en una región del cerebro que se llama la corteza prefrontal que, al parecer, coordina la comprensión que los seres humanos tenemos de las intenciones de nuestros semejantes, vale decir, nuestra capacidad de leer mentes ajenas, justamente una de las áreas más limitadas en el caso de los autistas.
Una investigación, resumida en el extraordinario servicio de novedades de Nature, hecha en la universidad de Carolina del Norte, añade más leña al fuego. Se le pidió a un niño no autista, de cada una de nueve familias con un niño autista, que fotografiara a los miembros de la familia. Se hizo para cada grupo una galería de fotos conformada por sus integrantes y personas ajenas a él y se les pidió a todos que detectaran a los extraños. Las personas normales “escanean” el material poniendo mucho énfasis en los ojos de las personas. Sabemos que es algo que los autistas no hacen –podría decirse que esa característica es la peor pesadilla de cualquier padre-, pero lo interesante es que los no autistas de esas familias tampoco se fijan en las ventanas del alma para determinar si una foto corresponde a alguien conocido o no. Cuando se hizo imágenes de los cerebros, se encontró que los parientes de autistas tienen una disminución similar a las de los pacientes en una estructura llamada amígdala, encargada de determinar estímulos peligrosos.
¿Qué significan esos hallazgos? Por un lado, se confirma todo aquello que nos hace pensar que el autismo tiene una base orgánica: el hardware autista es distinto desde un inicio, en estructuras cerebrales relevantes. Pero, al mismo tiempo, los familiares que participan también de esas anomalías estructurales no tienen síntomas autistas o, por lo menos, sus vidas son funcionales y razonablemente normales.
Dos explicaciones son posibles: que en los no autistas con cerebros parecidos a los de los autistas, hay otras áreas que compensan las que están afectadas; y que para que el autismo se exprese como enfermedad, se necesitan influencias externas – sociales o tóxicas- que lo precipiten y consoliden. Obviamente, las dos explicaciones no son excluyentes.
Lo que resulta cada vez más evidente es que la interacción entre las estructuras del cerebro y los contextos dentro de los que se desarrolla, es lo importante, antes que determinar cuál de estos aspectos es el verdaderamente crucial. Conocer la mente para prevenir, ubicar a personas en riesgo y aprender cómo algunas se fortalecen y se inmunizan es lo que debemos hacer.
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