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Columna en Peru 21

Duérmete mi niño, duérmete mi amor
 
 
02 / 2007


Cuando hablamos a los niños empleamos un estilo parecido: chillones, exagerados, casi payasos. Es un fenómeno universal que atraviesa culturas y latitudes. Se basa en necesidades de nuestro hardware intelectual cuando iniciamos el camino de la vida.

Algo así ocurre con el canto. Las canciones de cuna son un género en sí mismo, que también encontramos allí donde hay humanos, allí donde seres que se valen por sí mismos cuidan de sus congéneres indefensos que debutan en la existencia.

En la combinación de melodía y palabra se comienza a jugar un partido rico en intelecto, estética y relaciones afectivas. Aunque nuestros primos los chimpancés reconocen la música, lo hacen sobre la base de tono y ritmo, de manera absoluta, mientras nosotros, desde que somos muy pequeños, reconocemos una melodía a pesar de cambios en esas variables, o que se entone en distintas claves.

Por otro lado, a pesar de las diferencias en las tradiciones musicales, hay ciertas secuencias que son más frecuentes en todas, todos tenemos preferencia por intervalos más bien cortos, y distinguimos mejor los tonos cuando estamos en una escala de 2 valores. Como estas inclinaciones aparecen muy temprano, lo más probable es que sean innatas.

Como en el caso del acento ñaño cuando hablamos a pequeñitos, existe uno particular cuando nos dirigimos a ellos cantando. Tan es así, que los bebés prefieren canciones que son cantadas a otros infantes, que una persona, también los niños, puede decidir si alguien está entonando una canción de cuna o ensayando para ser el nuevo Pavarotti, aun cuando el cantante esté en otro cuarto.

La entonación de las canciones, un ”materñol” cantado, captura de manera fenomenal la atención de los más tiernos. También las palabras tienen algo en común: llaman a que el bebé duerma, lo felicitan por estar durmiendo o le dicen qué podría pasar si no duerme. En cuanto a lo último, hay muchas letras en canciones de cuna populares, que hablan de eventualidades que harían palidecer al editor de un noticiero de nuestra televisión, pero dichas con una voz tranquilizadora, casi siempre la de una mujer.

Es claro, pues, que las canciones de cuna cumplen un papel importante en la adquisición del lenguaje, la vinculación afectiva, el manejo de la angustia, la creación de un espacio intermedio entre la realidad y la fantasía y entre la vigilia y el sueño.

Todo lo anterior debe tener algo que ver con el hecho, también universal, que cuando se quiere ahondar un compromiso, identidad o propósito, hinchas de un equipo, soldados de un ejército, miembros de un partido, fieles de una religión, recurren a himnos. Los humanos marchamos a la guerra y al amor cantando.
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