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Columna en Gestión

La calle y la cárcel
 
 
10 / 2006
Javier ha conocido ambas a lo largo de su agitada vida. Escuchando sus relatos es difícil no dejar volar la imaginación, como si uno estuviera leyendo una apasionante novela, y acariciar el deseo de experimentar algunas de las emociones que refiere, conocer algunos de los personajes que salpican sus historias y recorrer algunos de los escenarios — yermos como desiertos o celdas, abigarrados como selvas o patios de prisión — que sirven de telón de fondo a su existencia.

Años de calle. Muchos. Durmiendo en cualquier lugar. Amaneciendo en compañía de aquellos que son ocasionales compañeros de ruta, amigos solidarios a la hora de repartir un bocado y que también se pueden convertir en enemigos sanguinarios cuando estallan inesperadamente desacuerdos absurdos o recelos paranoicos.

Una calle que no le fue tan adversa. En efecto, a pesar de lo que para muchos de nosotros puede sonar como los extremos de la estrechez, incomodidad y penuria, Javier conoció mundo, gentes, lugares. Se las arregló bastante bien en su errar sin compromisos más allá que los impuestos por sus necesidades y deseos inmediatos. A veces por las buenas, poniendo su innata capacidad ejecutiva al servicio de algún negocio o alquilando su notable fortaleza física a quien requería un brazo para cargar, martillear o taladrar. Otras por las malas, utilizando las mismas dotes, sazonadas y distorsionadas por el consumo de sustancias psicoactivas.

En una de esas que escogió las vías la delincuencia informal, Javier terminó en la cárcel donde pasó 3 años. Nuestras prisiones no son espacios de rehabilitación precisamente. Sin duda agudizan ingenios y pulen habilidades, pero son las que permiten delinquir mejor. Sí establecen redes de soporte para el futuro, pero son las que insertan en el crimen formal y la corrupción de quienes supuestamente lo combaten. Pero, como en la calle, Javier se las ingenió para ser aceptado sin corromper su bondad espontánea. Era querido, también respetado, a medio camino entre los duros y rancios jerarcas del mundo subterráneo y los pobres diablos que se encuentran en el último peldaño de la sujeción.

Por la buenas o las malas, Javier sobrevivió — ¡vaya que lo hizo: el examen médico completo hecho cuando emergió la última vez de sus andanzas arrojaba 16 de hemoglobina y sus otros indicadores eran absolutamente ideales!— y de regreso de calles y cárceles, pasó por un centro de rehabilitación para adictos y optó por reconstruir una vida más convencional. En casa de su hermano, de nuevo con su hijo, de conserje en una empresa de servicios, tiene que lidiar con todas las incidencias propias de la aburrida rutina de la normalidad.

Javier enfrenta ahora algunos problemas serios. Ha tenido un par de recaídas. Discusiones sobre la administración de su tiempo y los pocos recursos que obtiene de su trabajo. En realidad, una de sus mayores dificultades es que concibe las diversas situaciones una a la vez, en función de sus deseos con respecto a lo que la circunstancia particular plantea. Y la mayoría de las veces, sus argumentos acerca del asunto son convincentes y justos. Por ejemplo, la casa del hermano es muy rígida en cuanto a reglas. Javier aboga por una razonable mudanza a un pequeño cuarto que podría pagar. Luego defiende su derecho a contar con una TV que compra a crédito. Todo muy lindo por separado, si no se toma en cuenta el contexto general.

Este hombre, bueno, inteligente, fuerte y creativo sufre de una visión tubular que no es un gran obstáculo en esos 2 extremos en los que le fue bastante bien durante los últimos 20 años: la calle y la cárcel. En ninguno, aparentemente tan incompatibles, es necesario administrar un escenario global. De eso se encarga la suerte o la normatividad compulsiva y estrecha. Pero fuera de ellos la cosa es distinta.

Todos los seres humanos escogemos vidas que tienen de calle y de cárcel en distintas proporciones. Pensemos en un free-lancer, en un sacerdote, en un agente de viaje o en un militar. Algunos no pueden o quieren optar por los intermedios de constreñimiento y libertad que nos obligan a priorizar, planear y compatibilizar. Son los que oscilan entre prisiones y avenidas que no necesariamente los despojan de su humanidad.
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