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Columna en Peru 21

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10 / 2006
La edición pasada distinguí entre 2 tipos de experimentación en los que se embarcan los niños: hacia el año, ponen en práctica sus nuevos poderes de locomoción y exploran los objetos; y, alrededor del segundo onomástico, investigan nuestras reacciones ante sus conductas. No es lo mismo. En ambos casos debemos aceptar el papel que les cabe a ellos – científicos, de los objetos y de las mentes - y a nosotros: moduladores, facilitadores y limitadores.

El segundo caso, la adquisición de conocimientos sobre cómo funcionan las mentes y la conducta, se vuelve a dar, a veces con dramatismo, hacia el final de la niñez.

Ha acabado un periodo de calma que dura durante el décimo año de vida. Son autónomos, se cuidan solos, podemos conversar con ellos casi de cualquier tema, son una compañía agradable y, para colmo de felicidad, piensan que somos lo máximo.

Casi sin que medie aviso, como una tormenta súbita en cielo despejado, los términos de la convivencia se alteran bruscamente. Todo le comienza a molestar, se siente injustamente tratado, se vuelve bullanguero, trasgresor, cuestionador, rara vez hace lo que se le pide a la primera. ¿Por qué así? ¿Por qué yo? ¿Por qué ahora? Pide cosas que antes estaban completamente fuera de libreto y pretende márgenes de maniobra que nos ponen los pelos de punta.

¿Habremos hecho algo mal? ¿Será el anuncio de un futuro carcelario?

Y encima, cuando nos toca interactuar con otros padres, por ejemplo al recoger a nuestro hijo de un cumpleaños o de una corta estadía en otro hogar, escuchamos lo educado que es, lo maravilloso que se porta. Poco falta para que nos quieran contratar como asesores de otras crianzas.

Lo que pasa es algo parecido a lo ocurrido a los 2 años. Nuevas habilidades mentales y cuerpos que cambian, obligan a una diferenciación con respecto de la generación anterior. Otros horizontes, ideas y prioridades, requieren redefiniciones. Una nueva identidad no puede hacerse si no es contrastándose con otros a los que se debe probar, provocar, hostigar, poner en duda. A ellos y sus reglas, costumbres y rituales.

El que escojan a propios y no a ajenos, a incondicionales y no a ocasionales, no quiere decir otra cosa que han aprendido la lección de su primera década, en parte gracias a nuestro trabajo. Nosotros y nuestras normas somos nuevamente objeto de experimentación, pero no es un asunto personal, como no lo fue a los 2 años, cuando ponían a prueba nuestras reacciones.

Una combinación de firmeza, paciencia, tolerancia y sentido del humor, así como la conciencia del valor de nuestra propia identidad y la aceptación de que otra, nueva e igualmente válida, está en camino, es lo mejor que podemos hacer.
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