| La zorra y el erizo |
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| 09 / 2006 |
El temperamento, aquellas características de nuestro organismo que configuran un estilo de procesar la información, de interactuar con el mundo externo y con el mundo interno, es importante. Esa matriz con la que venimos al mundo es modulada cuando entra en contacto con una familia que tiene costumbres, historia y fondo cultural determinados. Lo que hay es una interacción entre esos dos aspectos, de manera que el niño, todo niño, cambia a su familia en algún grado y la obliga a poner en marcha mecanismos de adaptación. Toda familia, a su vez, obliga al pequeño a hacer ajustes y acomodamientos en su peculiar estilo de ser. Al final se alcanza un equilibrio en el sistema. Es el resultado previsible, salvo en casos muy extremos.
Hablando de formas de ser, el otro día me reencontré con un libro que había leído hace varios años. No tiene que ver mucho con la psicología, pero sí con los estilos y formas de ser en el mundo. Se trata de La zorra y el erizo, escrito por Isaiah Berlin, profesor de teoría social y política de la universidad de Oxford, Inglaterra, y que fue, entre otras cosas, encargado encubierto de mandar despachos con notables análisis desde Washington a Londres durante la segunda guerra mundial. La versión española del libro tiene un interesante prólogo de Mario Vargas Llosa.
Hay un fragmento de un poeta griego, Arquíloco, cuyo significado ha generado largos comentarios. Es intrigante. Dice: «Muchas cosas sabe la zorra, pero el erizo sabe una sola y grande». Berlin toma esta distinción para establecer una diferencia entre las grandes mentes, y de alguna manera sugiere que se puede aplicar a los seres humanos en general. Lo cito: «… Porque media un gran abismo entre quienes, por un lado, relacionan todo con una única visión central, un sistema más o menos congruente o consistente, en función del cual comprenden, piensan, y sienten –un único principio universal, organizador, que por sí solo da significado a todo lo que son y dicen–; y por otro, quienes persiguen muchos fines, a menudo inconexos y hasta contradictorios, ligados, si lo están, por alguna razón de facto, alguna causa psicológica o fisiológica, sin que intervenga ningún principio moral o estético. Estos últimos viven vidas, realizan acciones y sostienen ideas centrífugas antes que centrípetas, su pensamiento es desparramado o difuso, ocupa muchos planos a la vez, aprehende la esencia misma de una vasta variedad de experiencias y objetos por lo que éstos tienen de propio, sin pretender, consciente ni inconscientemente, integrarlos –o no integrarlos– en una única visión interna, inmutable, ’globalizadora’, a veces contradictoria, incompleta y hasta fanática. El primer tipo de personalidad intelectual y artística es el de los erizos; el segundo, el de las zorras; y podemos decir, evitando una clasificación excesivamente rígida, pero sin temor a contradecirnos, que, vistos así, Dante pertenece a la primera categoría, y Shakespeare, a la segunda. Platón, Lucrecio, Pascal, Hegel, Dostoiesvski, Nietzsche, Ibsen y Proust son, en distinta medida, erizos; y Heródoto, Aristóteles, Montaigne, Erasmo, Moliere, Goethe, Pushkin, Balzac y Joyce son zorras». En efecto, hay personas que parecen guiadas, desde muy temprano, por un solo, objetivo, alrededor del cual organizan, de manera persistente y sistemática, a veces obsesiva, sus esfuerzos intelectuales y afectivos. Generalmente buscan y encuentran verdades absolutas que le dan sentido a todo, se mantienen en un rumbo casi todo el tiempo, parecen reguladas por un reloj interno, por una brújula que no les permite perder el norte; y si migran, lo hacen a la manera de las aves, que siguen un patrón que no aprendieron, pero que mantienen a pesar de las tormentas y avatares del clima.
Otros son curiosos, exploran con inquietud muchas cosas a la vez, y captan vetas que dejan una vez que han constatado su naturaleza, preciosa o no, pero ni siquiera en el primer caso se dedican a explotarlas. Van visitando territorios en los cuales permanecen poco tiempo, dejándoles a otros la tarea de hacer mapas detallados de sus accidentes naturales y paisajes. Relativizan las verdades y no les importa ser contradictorios.
Cuál es mejor, ¿la zorra o el erizo? La pregunta, como con respecto de los estilos del organismo, es ociosa. Como se vio antes, hay erizos brillantes y zorras que también lo son. Hay zorras nefastas y erizos –quizás en política éstos son más peligrosos– que mejor no hubieran nacido. Unas y otros pueden ser tontos o inteligentes. También, en realidad, ése es el objeto del libro que comento, erizos disfrazados de zorras y viceversa. Finalmente, ni unos ni otros existen en el estado puro y todos tenemos nuestra parte de zorra y nuestra parte de erizo. Se trata de sacarle el mejor partido a cada una.
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