| Experimentos al año, experimentos a los 2 años |
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| 09 / 2006 |
Desde el nacimiento debemos lidiar con 3 dimensiones de la realidad: objetos, mentes y palabras. Completamos los conocimientos sobre cómo funcionan las cosas – relaciones de causa/efecto, reglas del movimiento-, cómo operan las mentes –intenciones, emociones, creencias, mentiras- y cómo se comportan esas combinaciones de sonidos que tienen significados infinitos.
Lo esencial de lo anterior queda bajo control –siempre y cuando haya adultos que ofrezcan un andamiaje de soporte y aliento- hacia los 6 años de edad. Lo que viene después es educación formal, experiencia, afinamiento.
Es importante, cuando estamos frente a las manifestaciones del desarrollo, saber en cuál o cuáles de las mencionadas dimensiones se mueven.
Hacia el año de edad ocurre lo que todos los padres han estado esperando emocionados: los niños caminan. ¡Qué emoción! Pero esta revolución corporal y mental – ir hacia las cosas, mirarlas desde muchos ángulos- viene acompañada con angustias y temores acerca de la integridad física del pequeño y, también, la de la enorme cantidad de objetos caros y/o valiosos que poseemos. ¡Hay que blindar la casa a prueba de niños!
Cuando se dan cuenta de lo que pueden hacer con su recién ganada autonomía, se ponen a experimentar con sus cuerpos y los objetos. Meten el dedo, jalan, empujan, ensayan las escaleras y lanzan. Lo que era mayormente visual, se convierte en muchas cualidades que es vital conocer. Es como pasar de la clase teórica al laboratorio. Un cierto grado de conflicto entre ese impulso explorador y nuestra comprensible función preventiva, es inevitable. Entre el aventurero y el enchufe, estamos nosotros. Pero es el enchufe lo que está en el centro del escenario.
Hacia los 2 años de edad -la marcha es un éxito olvidado-, los niños comienzan a darse cuenta que dentro de las cabezas de quienes los rodean hay realidades fascinantes. Ya no existen sólo sus deseos. Los demás también los tienen y lo que pasa en ese nivel posee relaciones muy especiales con conductas y comportamientos.
También ahora se acercan al enchufe – o lo que haga las veces de un objeto peligroso-, pero sería un error creer que en este caso la finalidad es la experimentación con un cuerpo inerte, por más interesante que sea. No, porque si recordamos lo que ocurría entonces, su mirada estaba fija en el origen de su curiosidad, mientras que ahora se posa en nosotros.
Sí, pues. No es la contextura del enchufe lo que está en juego, sino la de nuestras reacciones. No es la electricidad, sino nuestros afectos. No es un plástico, sino nuestra mente y sus recovecos. El enchufe es un pretexto. ¡Ahora somos nosotros los conejillos de indias!
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