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Columna en Gestión

Pantalla Adictiva
 
 
09 / 2006
No puedo evitar un cierto malestar cuando se aplica el término adicción a casi cualquier área del desempeño. Es una tendencia muy norteamericana a convertir en patológico lo que no es sino manifestación de una variabilidad estadística inherente a las conductas humanas. Así, se alimenta la floreciente industria que combate nuestras debilidades, desde las que se centran en el sexo, hasta las que anidan en nuestro gusto por el riesgo, pasando por las que se prenden de nuestra pasión por acumular mucho de algo.

Un número de del Scientific American trae un interesante artículo acerca de la fascinación que ejerce la pantalla chica sobre los terrícolas de todas las edades. Muchísima gente se involucra con la TV más tiempo de lo que hace cualquier otra actividad, fuera del trabajo y el sueño — el cálculo es que una persona que vive 75 años pasa 9 frente a la pantalla—, lo hace más de lo que quisiera y sabe que debiera, se propone hacerlo menos de tanto en tanto pero sin éxito, y deja de hacer otras cosas importantes en el aspecto laboral y familiar. Bueno, son ésas las características de un compromiso adictivo.

Todos los estudios —especialmente aquellos en los que los participantes poseen un beeper y reciben una señal 6 veces al día al azar y deben anotar lo que se encuentran haciendo y el estado de ánimo predominante— muestran que ver TV relaja primero y genera, luego, pasividad, así como una condición de menor alerta ante el entorno. Esto se corrobora cuando se hacen registros electrofisiológicos. Lo interesante es que cuando se apaga el aparato, cesa el placer relativo aunque continúa la modorra. De hecho, los televidentes manifiestan que luego de una sesión larga tienen dificultades para concentrarse y gozar, hecho que nunca ocurre después de leer o hacer ejercicio físico, por ejemplo.

Acá hay un hecho muy significativo: en muchas personas, el efecto de relajación y desconexión placentera que inducen las imágenes televisivas, se instaura rápidamente. Una de las razones que explican la adictividad de una sustancia es, sin duda, cuán rápido genera su efecto, pero, de igual importancia, cuán velozmente éste se desvanece y deja en su lugar un vacío que debe ser llenado de inmediato, aunque mientras más se recurra a ella menos gratificante se convierta en el largo plazo. En ese sentido, todo indica que la TV es especialmente pegajosa, al mismo tiempo que quienes más recurren a sus efectos, terminan por apreciarlos menos sin poder encontrar otras alternativas.

Contrariamente a lo que muchos pudieran pensar, no es el contenido de las imágenes lo que configura esta vinculación malsana con la TV. Es, más bien, su forma. En efecto, los cortes, el agrandamiento súbito y los paneos, generan en nuestro sistema nervioso una respuesta de atención, que tiene su base biológica en nuestra necesidad de detectar movimientos. De hecho, las reacciones de nuestro organismo cuando monitorea el entorno frente a cambios de posición, son muy parecidas a las que se dan frente a la pantalla chica.

Entre los detalles formales, resalta el cambio frecuente de escenas, vale decir, la discontinuidad en el discurso visual, cuando se trata de explicar el que nos peguemos a la TV, al mismo tiempo que terminamos por sacar poco provecho de ella. Mientras más estimulación variada, más placer inmediato, pero también más sobrecarga que lo disipa en nuestro cerebro. No hay más que recordar hasta qué punto videojuegos, animes, videoclips, comerciales y otros eventos televisivos, se basan en frecuentes rupturas visuales — no solamente por el lado de los emisores, sino también de su majestad el televidente armado de control remoto—para prever hacia donde va la tendencia.

La TV es una tecnología fascinante y puede ser una fuente de crecimiento y aprendizaje, además de un espacio para el debate colectivo. Aunque hablar de adicción en el sentido médico puede ser una exageración, de hecho hay una forma de televidencia que refuerza la pasividad, el aburrimiento — preexistentes, es cierto—, la falta de creatividad y de perseverancia, y que se basa en el poder estimulante que poseen las imágenes en la pantalla. Si quiere saber, amigo lector, en qué categoría se encuentra su familia, desenchufe los aparatos una semana y me cuenta lo que pasó en casa.
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